El CCCB, un centro comprometido con la literatura

21 de abril de 2016 1 Comment

Desde el 11 de diciembre de 2015, Barcelona forma parte de la red de Ciudades Creativas de la UNESCO en el campo de la literatura. Junto con Bagdad (Irak), Liubliana (Eslovenia), Lviv (Ucrania), Montevideo (Uruguay), Nottingham (Inglaterra), Óbidos (Portugal), Tartu (Estonia) y Ulyanovsk (Rusia), Barcelona ya posee el reconocimiento oficial de una realidad que hace mucho tiempo que es palpable en la calle.

La literatura es uno de los objetivos primordiales del CCCB y forma parte de sus principios fundacionales: «El CCCB es un espacio para la creación, la investigación, la divulgación y el debate de la cultura contemporánea en el que las artes visuales, la literatura, la filosofía, el cine, la música, las artes escénicas y la actividad transmedia se interconectan en un programa interdisciplinar». La literatura es, por lo tanto, uno de los temas que ha protagonizado más exposiciones y actividades en los veinte años de historia de la institución.

K15 // Martín Caparrós y Jon Lee Anderson © CCCB, Carlos Cazurro, 2015

En 1995, solo un año después de su inauguración, el CCCB presentó la exposición El Dublín de James Joyce, la primera de una serie dedicada a las ciudades y los escritores vinculados a ellas. Después de Dublín, el ciclo siguió con Las Lisboas de Pessoa (1997), La ciudad de K. Praga y Kafka (1999) y Cosmópolis. Borges y Buenos Aires (2002). Todas estas exposiciones iban más allá de la escritura para relacionar la obra de los autores con sus paisajes literarios y personales, para descubrir cómo las ciudades que habitaban eran protagonistas directos o indirectos de sus obras. En La Trieste de Magris (2011), la ciudad italiana servía de recorrido físico para la obra del escritor italiano; con Pasolini Roma (2013), el cineasta se encontraba con el escritor para reivindicar su papel más crítico, y el Archivo Bolaño (2013) recordaba el paso del escritor chileno por Blanes, Girona y Barcelona a través de un recorrido detectivesco que los visitantes tenían que resolver, en una especie de «metaexposición» que permitía descubrir relaciones y pistas dentro de la propia obra del autor de Los detectives salvajes.

ArchivoBolaño. 1977-2003 © Lidia González Alija, 2013

Han sido, asimismo, objeto de exposición y de debate autores como Calders (Los espejos de la ficción, 2000), Espriu (He contemplado esta tierra, 2013), W.G. Sebald (Las variaciones Sebald, 2015, una muestra que relacionaba los paseos del autor alemán con el arte contemporáneo), Julio Cortázar (Viajes, imágenes y otros territorios, 2004), Federico García Lorca (1998) y J.G. Ballard (Autopsia del nuevo milenio, 2008).

Espriu. He contemplado esta tierra © La Fotogràfica, 2014

Fue la exposición dedicada a Borges la que dio nombre al festival de literatura amplificada Kosmopolis, que celebró su primera edición en diciembre de 2002 y, puntualmente cada dos años (con algunas excepciones: en 2005 se celebró una especial coincidiendo con el Año del Libro y la Lectura y el 400 aniversario de la publicación del Quijote), ha reunido a algunos de los mejores autores de la literatura mundial, entre ellos a varios premios Nobel, Cervantes y Príncipe de Asturias, como Juan Marsé, Gao Xingjian, Claudio Magris, J.M. Coetzee, Tzvetan Tódorov, Amos Oz, Ismail Kadaré, Mario Vargas Llosa y Svetlana Alexiévich. Kosmopolis lleva el subtítulo de «literatura amplificada», porque es más que un festival de literatura, porque los temas de cada edición se relacionan entre ellos, porque la escritura, la ciencia, el cómic, la palabra escrita y oral, la música y el teatro forman parte de una programación que explora las letras desde perspectivas muy diversas. Y porque no se centra en una única expresión literaria, sino que las engloba a todas. Por todo ello, nos atreveríamos a decir que Kosmopolis es el único festival que se celebra en Barcelona de literatura entendida en su sentido más amplio, ya que otros encuentros, como BCNegra o Barcelona Poesía, se encuentran dentro del ámbito de la literatura especializada en el género negro y la poesía, respectivamente.

K04 // Mario Vargas Llosa © CCCB, Susana Gelida, 2004

Más allá de las exposiciones, el CCCB también ha acogido presentaciones de libros, cursos, actos de homenaje y conferencias de autores de todas partes del mundo. Por ejemplo, para citar solo a algunos: Paul Auster presentó su Diario de invierno en 2012; Erri de Luca habló del Mediterráneo; Amin Maalouf debatió sobre identidad y memoria; Orhan Pamuk reflexionó acerca del futuro del museo y la literatura; Herta Müller presentó una exposición de pequeño formato sobre su obra; Salman Rushdie nos explicó por qué vivimos en la era de la extrañeza, y Jonathan Safran Foer reivindicó la necesidad de no comer animales.

K15 // Salman Rushdie y Rodrigo Fresán © CCCB, Miquel Taverna, 2015

Somos conscientes de que la mejor manera de estimular el interés por la literatura es hacerlo desde la educación, por eso nos sumamos a iniciativas como Món Llibre y el festival de literaturas y arte infantil y juvenil FLIC, dos fiestas de las letras que acogemos en abril y enero, respectivamente, y que se centran en el público más joven a través de propuestas educativas, teatro, actuaciones musicales y juegos. Y es que los pequeños lectores pueden convertirse en grandes lectores y, por lo tanto, también son un público que puede crecer con nosotros.

En 2016 se conmemoraron los setecientos años de la muerte de Ramon Llull y a lo largo del año se realizaron varias actividades relacionadas con el escritor, filósofo, teólogo, profesor y misionero. En el CCCB nos sumamos a la celebración con una exposición, La máquina de pensar. Ramon Llull y el ars combinatoria, que ofrecía una nueva perspectiva en torno a su obra. Pero no es ni el primero ni el último aniversario que celebramos en el centro: también hemos recordado a J.V. Foix con el recital FestFoix. 25 años con/sin Foix; hemos acogido un homenaje a Joan Vinyoli en los treinta años de su muerte, Paseo de aniversario. Tributo a Joan Vinyoli, y Raimon leyó textos de Joan Fuster en la efemérides de 2012 que conmemoraba los noventa años de su nacimiento y los cincuenta de la publicación de su obra más importante, Nosaltres, els valencians. También celebramos, desde hace tres años, el Día Orwell; una vez al mes acogemos un encuentro dedicado a la palabra oral, PoetrySlam, y regularmente los Amigos del CCCB participan en el Klub de lectura dirigido por el periodista y escritor Antonio Lozano. Además, desde 2013, el CCCB forma parte de la plataforma Literature Across Frontiers, que promociona la literatura y la traducción en lenguas minoritarias y de la que forman parte festivales literarios de lugares tan diversos como Turquía, Polonia, el Reino Unido, Croacia, Noruega, Portugal o Eslovenia.

A parte de Llull, la programación literaria de 2016 estuvo llena de citas importantes. La programació contínua de Kosmopolis nos permitió disfrutar de la presencia de los escritores norteamericanos John Irving y Don DeLillo y en noviembre acogimos la Eurocon, el encuentro de literatura de ciencia-ficción más importante de Europa. El festival Primera Persona nos trajo autores como Renata Adler, Juan Marsé, Carlos Zanón y Jordi Puntí. Y también vinieron a hablar de libros y literatura autores como Elif Shafak, Mia Couto o Patrick Deville. Este 2017 hemos celebrado una nueva edición de Kosmopolis con invitados como John Banville, Pierre Lemaitre, Zeina Abirached, Jean Echenoz y PJ Harvey, que ofreció el primer recital poético en España, y tendremos con nosotros más nombres destacados de las letras contemporáneas.

Primera Persona 2015. La escritora Caitlin Moran y la periodista Marta Salicrú © CCCB, Miquel Taverna, 2015

Con todos estos antecedentes, la candidatura de Barcelona como Ciudad Literaria era un proyecto al que el centro se dedicó con entusiasmo y con el convencimiento de que era un reconocimiento que Barcelona se merecía desde hacía tiempo. Ahora, con este título honorífico, la ciudad entra de lleno en la liga de las ciudades creativas mundiales, y el CCCB seguirá estando en primera línea defendiendo la literatura como una de las bellas artes. Porque, tal y como definen los principios de Kosmopolis, la literatura es «el único discurso que no intenta modelar un mundo con fundamentos absolutos, fronteras disciplinarias o corsés ideológicos».

El espacio sonoro: poética y política de la escucha espacial

20 de abril de 2016 No Comments

El blog CCCB Lab, nominado en los GLAMi Awards del congreso Museums and the Web

4 de abril de 2016 No Comments

Museums and the Web es una de las citas anuales por excelencia de profesionales del sector cultural de todo el mundo interesados en la investigación e innovación. Se celebra desde 1997 en distintas ciudades de Estados Unidos y Asia y reúne a gestores culturales, desarrolladores, estudiantes, investigadores, expertos en tecnología, etc., para presentar casos prácticos y tendencias digitales.

Esta edición del congreso se celebra en Los Ángeles. Thomas Pintaric. CC BY-SA

Museums and the Web se ha convertido en una importante red de conocimiento de los proyectos museísticos más relevantes de los últimos años gracias al foro profesional online, las ponencias que se presentan en los congresos y los GLAMi Awards, antes conocidos como Best of the Web. Estos premios han cambiado de nombre porque quieren ir más allá de la red y premiar cualquier proyecto encuadrado en el ámbito de la innovación en galerías, bibliotecas, archivos y museos, tal como indican las siglas en inglés GLAMi (Galleries/Libraries, Archives and Museums Innovations).

En la vigésima edición del congreso Museums and the Web, que se celebra durante la primera semana de abril en Los Angeles, el blog CCCB Lab está nominado en los premios GLAMi, junto a otros 95 proyectos internacionales. Los nominados representan interesantes casos prácticos que ilustran cómo trabajan los museos con la educación, la apertura de archivos y colecciones, la participación de los visitantes, la relación con los públicos y la divulgación científica y cultural, entre otros temas.

El blog del CCCB Lab, una ventana a la innovación cultural

El blog CCCB Lab funciona desde 2009 como ventana del departamento del CCCB que está específicamente dedicado a la investigación y la innovación en el ámbito cultural. A lo largo de los años se ha ido consolidando como magazín digital con una línea editorial y de arte, y con una comunidad profesional de seguidores. Cada martes publica un artículo especializado sobre temas como las nuevas audiencias, la ciencia abierta, la transformación digital en los museos, la educación expandida, etc.

El blog podría conseguir un premio GLAMi de dos formas:

  • Por votación popular. Los miembros registrados en la web de Museums and the Web pueden votar hasta el 7 de abril de 2016.
  • A través de un jurado, formado por especialistas, que decide cuáles son los proyectos ganadores, que se darán a conocer el 8 de abril en Los Angeles.

En el año 2011 el CCCB ya fue galardonado por el proyecto expositivo «La ciudad de los horrores», y en 2009 el Museu Picasso y el MACBA ganaron uno de los premios, por su estrategia social media y por la Radio Web MACBA, respectivamente. Podéis ver el listado de ganadores de todas las ediciones de Museums and the Web en la Wikipedia. El blog es uno de los cuatro proyectos españoles que se han presentado a los premios, junto con el Museo Thyssen-Bornemisza, el Museo del Prado y el Museu Nacional d’Art de Catalunya.

El CCCB participa en Museums and the Web Los Angeles

Este año el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona estará presente en la edición de Los Angeles de Museums and the Web, gracias a una beca que han concedido los patrocinadores del evento a Lucia Calvo, periodista y editora de contenidos de la web del Centro. Si finalmente hay suerte y el blog CCCB Lab resulta ganador, ella será la encargada de recoger el galardón.

Étienne-Jules Marey: ojo en blanco

3 de marzo de 2016 No Comments

El 14 de enero se celebró la sesión inaugural del programa de cine Xcèntric con proyecciones del científico y pionero del cine Étienne-Jules Marey y música en directo de Mamut Cinema. El auditorio del CCCB se llenó y el público salió del acto emocionado. Este texto de Ana Vidal Bautista, profesora de semiótica de la imagen en la Universidad de Barcelona, recoge ese sentimiento y plantea una reflexión como espectadora sobre la obra de Marey.

 

Una reflexión sobre uno de los pioneros del cine, por Ana Vidal Bautista

Étienne-Jules Marey pertenece al grupo de los iniciadores del cine, en su mayoría hombres, que permiten un interesante traspaso de su condición científica, investigadora y experimental hacia los terrenos del arte.

El origen es, por definición, un terreno de misterio y extrañamiento. Es el terreno de la apertura porque todo origen abre un horizonte de posibilidades, caminos que esperan a ser o no explorados. Con las imágenes de Marey los espectadores asistimos a un nacimiento. Las primeras imágenes en movimiento, poco definidas y borrosas, extrañas y distantes, contrastan con las imágenes de nuestra época y nos invitan a dialogar con lo extraño, nos interrogan. Evidencian que la pregunta es heredera, en muchos sentidos, del origen de las cosas, de una inquietante mudanza: el nacimiento que las sumerge y nos sumerge indefinidamente en los misterios del tiempo.

Fotograma de un filme de Étienne-Jules Marey

Vivimos en la época de la alta definición y la complejidad del proceso comunicativo derivada, en gran parte, de la continua y creciente complejidad tecnológica. La simplicidad de las primeras imágenes en movimiento podría resultarnos altamente limitada y “muda” como una lengua no aprendida. Sin embargo, como si la cámara tuviera una mirada en blanco, la mirada de una criatura fascinada por su propia circunstancia: haber tomado vida, Marey nos invita a abandonar nuestra “vejez”, es decir, el arrebato de la omnisciencia para dialogar con el origen, donde todo es incierto y, precisamente por eso, también todavía posible.

La lectura de la obra de Marey como el resultado del trabajo de un cineasta representa un interesante traspaso de una identidad científica hacia los terrenos del arte, que comparte con la ciencia el deseo de interrogación y experimentación. Nosotros, espectadores por los que ha pasado un siglo, podemos hacer un traspaso que Marey no tuvo la oportunidad de hacer: el viaje de vuelta. Un viaje que, como cualquier otro, solo llevamos a cabo si estamos dispuestos a que los lugares por los que pasaremos nos transformen, incluso, si la transformación implica deshacernos de elementos que nos acompañan hasta entonces. Un traspaso que exige el valor de desprenderse de las certezas.

Los inicios del cine nos sitúan en el origen de una actividad que transformará nuestra cultura para siempre: la mirada a la pantalla. Ya desde su origen, el cine, da muestras, como la obra de Étienne-Jules Marey, de trabajos o “experimentos” que tratan de convertir la mirada-pantalla en un lenguaje, y por lenguaje podemos entender un sistema de búsqueda y conocimiento.

Marey, que era fisiólogo, también entendió el cine como un instrumento de fisiología: fisiología del tiempo. Filma elementos cotidianos: animales y hombres en movimiento. Pero no hay nada de cotidiano en las imágenes. Como el extraño, el libro, el viaje o la urna la pantalla nos invita a mirar las cosas como si no las hubiéramos visto. Marey nos obliga a mirar a los animales como si no los hubiéramos visto, a los hombres como si no los hubiéramos visto. El movimiento también es sujeto, su desarrollo y las variaciones, que se muestran al ojo, nos conduce a mirar, y por lo tanto pensar, el tiempo.

Étienne-Jules Marey, ”Cheval blanc monté”, 1886, locomotion du cheval, expérience 4. Dominio público

Como espectadores nos situamos ante una mirada que contrasta con un siglo de desarrollo. Un siglo que, sin que anular esas primeras miradas -o miradas en blanco porque remiten al origen- las completaría; como también, al contrario, se completaría en esas primeras miradas. Y eso puede que no lo tengamos presente, porque hay algo que se revela en las proyecciones de Marey -que inauguraron un nuevo lenguaje que ya en su época producía extrañamiento- que para los espectadores metamodernos queda atrás: la sensación misma de extrañamiento. Una sensación directamente relacionada con el movimiento, porque nos conduce a las preguntas, donde todo es susceptible alterar su curso.

Marey representa el tipo de cine con el que también nosotros nos convertimos en extraños, o recién nacidos, porque nos sumimos en el extrañamiento y el misterio tomados por la pulsión de mirar las cosas como si no las hubiéramos visto nunca. Aceptamos lo que nos interroga y nos interrogamos como el niño y el ángel de El cielo sobre Berlín. Preguntamos porque a través de lo visible entramos en contacto con lo invisible. Y las primeras imágenes en movimiento nos ponen en contacto con una red de invisibles: ¿Es posible salir del tiempo? ¿Podemos ignorar que todo antes de ser no ha sido? ¿Es posible ignorar que recordamos haber olvidado? ¿Qué se decide en el olvido? ¿A qué significación apunta la posibilidad de evidenciar el misterio a través de los interrogantes? ¿El vacío es un índice, un síntoma; qué señala? ¿Cuánto tarda el ojo en percibir lo que ya ha sido? ¿Nos enfrentamos los espectadores a las imágenes como a una copia? ¿Nos enfrentamos al mundo como a una copia? ¿Tenemos el valor de hacer el viaje que nos impone el tiempo con sus variaciones? ¿Transformamos las variaciones en copias? ¿Ha pasado el tiempo? Como afirmó el filósofo francés Henri Bergson, puede que el ojo vea “lo que la mente está preparada para comprender”. El cine de Marey nos hace ver, que exige ser nómada, desplazarse sin alojarse en la comprensión o reproducción a la que nos obliga permanentemente la cultura dominante: devolver el ojo al blanco.

Más allá del cuerpo

25 de febrero de 2016 No Comments

En su pionero Velocidad de escape. La cibercultura en el final del siglo, escrito en 1995, traducido al castellano en 1998 por Ramón Montoya Vozmediano y publicado en Siruela, Mark Dery incluía un capítulo titulado «Robocopulación: sexo por tecnología igual a futuro», en el que se abordaban posibles vías de enaltecimiento y mejora del placer carnal a través del adorno o el complemento tecnológico. La mejora evolutiva de la lubricidad a través de algo que vaya más allá de la piel es, probablemente, tan vieja como el hombre, y no se trata, ni mucho menos, de ninguna posibilidad inédita que nos haya abierto esta revolución digital que, como bien sabemos, nos lo ha transformado todo (no siempre para bien, como sostenemos quienes contemplamos con alarma tanto la desintegración de la cultura del trabajo como el tsunami de narcisismo, ensimismamiento y atrofia de la empatía que ha traído consigo tanta hipervisibilidad y tanta abreviación de viejos protocolos relacionales de nuestro inmediato pasado analógico).

Portada de “Velocidad de escape”, Mark Dery, Editorial Siruela

El primer homínido que talló el primer consolador artesanal para usarlo en orificio propio o ajeno fue quizá el primer posthumano de la historia. La imagen incluso abre la posibilidad de un sujeto prehumano y posthumano al mismo tiempo, idea que relativiza la supuesta gran distancia recorrida por la humanidad entre la caverna y Tinder de un modo tan eficaz como el de la famosa elipsis de 2001, una odisea del espacio, que convertía una osamenta lanzada al aire en una sofisticada nave espacial descendiendo entre estrellas.

En su texto, Dery no podía reprimir su perplejidad ante la portada del número 2 de la revista Future Sex, que mostraba la grotesca imagen de una pareja hipercableada y con la piel forrada de adornos cibernéticos, estampa mucho menos estimulante que la de haber mostrado a la misma pareja, por decirlo de algún modo, piel con piel. También constataba el autor que las primeras tentativas de sexo virtual y sicalipsis tecnológica poco tenían que ver con un salto cuántico a la hora de redefinir el sexo, erigiéndose más bien en variantes algo incómodas de la sempiterna masturbación: «En un futuro de ciencia ficción en el que la conciencia no estuviese limitada a ese viejo contenedor (el cuerpo), sino que pudiese alojarse en la memoria digital de un cuerpo robótico, parecería al menos concebible que la sexualidad humana pudiese ser abstraída de cualquier encarnación, incluso de una conciencia humana reconocible como tal. Sin embargo, todas las especulaciones sobre la sexualidad posthumana se detienen ante un hecho inevitable: siempre se hacen desde un punto de vista humano, para quienes la idea misma de sexualidad se define en términos de carne y humanidad.»

Fotograma de Holy Motors, Leos Carax (2012)

Hay una imagen cinematográfica que parece abrir sutilmente la puerta de esa sexualidad posthumana: el coito en motion capture que propone Leos Carax en un momento de Holy Motors. Convenientemente enfundados en piel sintética puntuada por sensores, un hombre y una mujer elaboran una danza de acrobacias y de cunnilingus sin cunnilingus que es volcada en unas formas digitales que pronto abandonan toda verosimilitud anatómica para retorcerse, mutar y confundirse entre sí. Curiosamente, la imagen de esos amantes polimórficos se parece mucho a la que sirvió de portada a la edición española de Velocidad de escape.

Antes de que seamos capaces de dar ese salto conceptual que nos libere del cuerpo (uno de los sueños de la mística, de hecho: todo nos viene de antiguo y entre lo sacro y lo profano a menudo solo hay una membrana muy tenue), la interacción entre deseo y tecnología habrá tenido que afrontar uno de los grandes peligros detectados por privilegiados visionarios de nuestra imparable inmersión en el futuro: esa muerte del afecto de la que tanto habló un J. G. Ballard que, de hecho, junto a futuristas, dadaístas y Marshall McLuhan, acababa apareciendo inevitablemente en ese texto de Dery que hablaba tanto de la erotización de la máquina como de la deserotización –y deshumanización- del hombre. En la exposición «+Humanos. El futuro de nuestra especie» destacan dos piezas que, de algún modo, funcionan como la luz y la sombra de esta cuestión y buscan soluciones civilizadas al riesgo de nuestra caída en la sima del solipsismo y el onanismo existencial.

+ HUMANOS. Entrevista. Catherine Kramer presenta “Teledildónica para relaciones a distancia”, de Kiiroo from CCCB on Vimeo.

La Teledildónica para relaciones a distancia que propone la empresa Kiiroo une dos modelos de herramienta de uso común –por un lado, el consolador y la vagina portátil; por otro, las redes sociales y la comunicación virtual- para ofrecer una mejora evolutiva tanto del acto de sexo solitario con aditamento como de ese sexo telefónico cuyos usos benéficos para acortar lejanías geográficas entre amantes preceden en bastantes años la consolidación de las casi siempre nefastas líneas eróticas. Si el sexo telefónico ayudó y contribuyó a revitalizar el poder seductor de la palabra, la teledildónica ofrece la oportunidad de fortalecer aquel sentido que, según el maestro Jan Švankmajer –autor de una película fundamental sobre la masturbación y el fetiche: Conspirators of Pleasure-, tenemos más adormecido: el tacto. Sofisticados artilugios que masajean nuestros genitales mientras vemos a nuestros amantes en la distancia y hablamos con ellos proporcionan una innegable mejora respecto a otras estrategias previas, pero siguen topando con un viejo obstáculo que cobra una doble forma: pese a todo, seguimos estando solos, seguimos sintiendo la nostalgia de la piel…, porque no hemos aprendido a desarrollar una conceptualización de la sexualidad que nos libere del cuerpo. La teledildónica es algo parecido a comprarse un sofá mucho más cómodo (y con posibilidad de masajeo bajo el tapizado) para ponerlo donde antes había… otro sofá.

+ HUMANOS. Entrevista. Julijonas Urbonas habla de la “Máquina orgasmática” from CCCB on Vimeo.

La pieza de la exposición que más impresionó a este visitante fue la que prácticamente cerraba el recorrido: la Montaña rusa eutanásica de Julijonas Urbonas, una atracción aparentemente diabólica –pero en el fondo tan racional como la teledildónica- diseñada para garantizar una muerte inevitable –si bien placentera y espectacular- a sus usuarios. Es sabido que, en una exposición, las piezas dialogan entre sí y adquieren nuevos sentidos inesperados. Separadas por la distancia del recorrido, la Montaña rusa eutanásica y la Máquina orgasmática Cumspin conspiraban para inspirar una conexión entre Eros y Tánatos: además, habían salido de la cabeza de un mismo artista y compartían los códigos de la atracción ferial, lanzando el mensaje secreto de que el territorio cotidiano que más puede acercar al ciudadano de a pie a la experiencia mística de salirse del cuerpo es el parque de atracciones. Urbonas maneja, al hablar de su sofisticada Cumspin, conceptos tan estimulantes como los de «orgasmo hipergravitacional» y «sexo extraterrestre», que sugieren, pues, un acercamiento a esa utopía propuesta por Dery, la de una verdadera sexualidad posthumana que nos obligue a pensar más allá de nuestro envoltorio carnal. En la Cumspin se dan la mano el recuerdo del acumulador de energía orgónica de Wilhelm Reich y el de esa réplica bufa que fue el orgasmatrón imaginado por Woody Allen en El dormilón, al tiempo que se gestiona y racionaliza el uso seguro de esa autoasfixia erótica que llevó a los personajes de El imperio de los sentidos y a celebridades como David Carradine a transformar la petite mort en una muerte a secas. Lo desalentador de la Cumspin es lo que acaba diciendo de ella Julijonas Urbonas al final del vídeo: es solo una hipótesis. Es decir, pertenece, todavía, al terreno de lo utópico.

Muchas películas de ciencia ficción recientes han hablado del robot como prótesis afectiva de una humanidad tocada por severos déficits emocionales. Cada vez resulta más fácil volcar una simulación del afecto en una inteligencia artificial, pero parece que todavía se nos escapa eso de inventarnos sexualidades que trasciendan nuestra condición humana. Quizá el futuro acabe siendo eso: el lugar en el que amor y sexo vivirán en universos radicalmente distintos, donde aquello que llamábamos amor será lo que simularán nuestras creaciones sintéticas, mientras que todos nosotros nos hallaremos embarcados en inéditas acrobacias y posibilidades sexuales para las que ni siquiera hemos sido, de momento, capaces de esbozar un lenguaje.

«...45678...203040...»