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Por qué el #BCNmp7 no es un festival: una breve y sana reflexión

17 de julio de 2014 No Comments

© Miquel Taverna, CCCB

El origen de los festivales de música quizá debería buscarse en el siglo VI aC en la antigua Grecia, con los Juegos Píticos de Delfos, que, entre otras actividades, llevaban a cabo concursos musicales (mousikos agon). Algunos de los precedentes posteriores los podemos situar en Alemania, con festivales como el de Bayreuth (1876), impulsado por Luis II de Baviera y Wagner, así como el Donaueschingen Festival (1921), dedicado a la música contemporánea, pero, como pasó también con el cine, habrá que esperar al fin de la Segunda Guerra Mundial para ver este «formato cultural» normalizado. Tampoco hay que olvidar el Festival de la Canción de Eurovisión (1956), el primer festival de música mainstream que se televisó a nivel internacional. Entre la «música contemporánea» y el populismo extremo de Eurovisión, están todos aquellos festivales que acogían a bandas de estilos más populares; por ejemplo, el Reading Festival (1961), de blues y jazz; el Fantasy & Magic Mountain Music Festival (1967), que sería el primer macrofestival de rock (folk, psicodelia…), al que seguirían el Monterey Pop (1967), el Festival de Woodstock (1969), el Glastonbury Festival (1970) y el Isle of Wight Festival (1968). Si de los 60 a fines de los 80 los festivales eran pocos y de público masivo (con una asistencia de entre 200.000 y 600.000 personas), en los 90 el modelo estalla hasta convertirse en una plaga descontrolada que deriva hacia temas muy diversos, que van más allá de la música o el cine. Las causas pueden ser muchas y muy variadas: desde la liberalización de los mercados, pasando por el auge de la música indie, siguiendo por la inversión de las administraciones en el «turismo cultural», algunas directrices de las subvenciones públicas que empiezan a fomentar todo lo que tiene que ver con las «industrias culturales y creativas», la aparición del «patrocinio cultural», el aumento del PIB de muchos países occidentales, derivado de la burbuja inmobiliaria…

En este contexto nacen dos de los grandes festivales de Barcelona, el Primavera Sound (2001) y el Sónar (1994). Se trata de festivales de éxito indiscutible que han abierto subsedes en otras ciudades del mundo, que han incorporado espacios dedicados a la industria musical o a los nuevos formatos culturales y que generan derivados culturales, como producciones audiovisuales o sellos discográficos. Para expresarlo en una metáfora agroalimentaria, es como un modelo de monocultivo intensivo que obtiene grandes rendimientos económicos y productivos en muy poco tiempo, con unas rentas muy concentradas y productos tematizados. Los grandes festivales son necesarios tanto para el circuito musical como para los músicos y para los consumidores musicales, pero también es cierto que desarrollan un tipo de producción y consumo musical que debe complementarse con las actividades que ofrecen las salas de conciertos, las programaciones regulares o puntuales de centros culturales de todo tipo, las fiestas populares, los comercios musicales o los workshops / talleres de investigación musical. Hablamos de espacios de formación, de reflexión y crítica que fomentan políticas y actividades de proximidad (sean lucrativas o no, exportables o no), vinculadas a los protagonistas del territorio, donde a menudo estos establecen un diálogo con músicos, profesionales o expertos internacionales; espacios horizontales que permiten un feedback con estos mismos protagonistas y, a la vez, experiencias musicales más personalizadas, rutas menos masivas, más variadas, menos prefijadas.

© Miquel Taverna, CCCB

Hace tiempo leí un artículo de Jordi Bertran titulado «Sobre la fiesta». Sostenía que la fiesta es «el reflejo de los conflictos latentes en la comunidad que se hacen visibles en las celebraciones de los distintos ciclos del calendario». Destacaba su función catalizadora, el hecho de que rompe con el tiempo del trabajo (el tiempo productivo), a la vez que supone una ruptura de los códigos de comportamiento; en definitiva, decía Bertran, se trata de una «terapia regeneradora de la comunidad celebrando que, inconscientemente, vivía una insubordinación evidente contra las jerarquías gracias a un retorno imaginario hacia un cierto igualitarismo».

El BCNmp7, como tantas otras actividades que tienen lugar en la ciudad alrededor de la música, aborda este doble compromiso: por un lado «ser el reflejo de los conflictos latentes en la comunidad» (conflictos que no son más que tensiones y debates de orden social, económico, político, histórico, cultural) y, al mismo tiempo, servir como «terapia regeneradora de la comunidad» por medio de la puesta en escena de propuestas musicales «únicas», es decir: trabajadas colectivamente (con la ayuda de todos los agentes y colectivos programadores de las sesiones), hechas expresamente, pensadas para un contexto, que es el que les da valor y sentido. A veces lo conseguimos, a veces simplemente nos quedamos en el intento, pero no bajamos la guardia.

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Zeidun: 15 años escondiendo talento

7 de mayo de 2014 1 Comment

Zeidun © Oriol Escarmis

Hemos estado años aceptándolo con total normalidad, como si fuera intrínseco a ellos, pero no lo es, ni habitual, ni común, ni nada que se le parezca. Quizá sea porque nunca nos habíamos parado a analizarlo. Era tan evidente que nos hallábamos ante gente extremadamente talentosa, que ni nos lo planteábamos. Pero en su momento no supimos verlo; quizá lo intuimos, pero dudamos que alguien se atreva a levantar el dedo y proclamar, airadamente, que sabía lo que pasaría después.

Estamos a principios de siglo y es un gaztetxe en Iruña, o un solar de La Roca, o el Sant Feliu Fest, da igual. Cinco veinteañeros en el escenario. Camisetas de bandas hardcore suecas y pantalones caídos, increíblemente caídos. Unas Vans hechas polvo y todo suena desacompasado, aturdido y ruinoso. Sus letras hablan de lo que toca, es el momento y la época, no hay más opción que sacar toda la rabia adolescente en aquellas canciones. Es su manera. La nuestra es estar abajo, puño alzado y cuerpo sudoroso mientras las cantamos todas: «Every song I play, every word I say, everything I do, all my acts are just for you.» Suena Galactic y los cinco chavales que la destrozan en directo se llaman Zeidun, como el perro de su colega de Sant Celoni. Y son el mejor grupo del mundo, aunque aquella noche no lo parezcan, aunque tardaremos años en saberlo.

Pero el tiempo ha demostrado que sí, que lo eran. Que detrás de aquella banda que no sobresalía, que vivía en la antipretenciosidad más extrema, había, precisamente, unas personas brutalmente inspiradoras. ¿Cómo definir, si no, a Dalmau Boada? Inquieto, experimental, ingenioso y bueno, impresionantemente bueno. Mau ha hecho grupos de culto como quien baja a comprar el pan. Pero en el 2000, cuando grababa Oceane con Zeidun, seguramente no habríamos dado un céntimo por el batería de aquellos inútiles del Montseny. Pues sí, porque aquel chico con pintas de salir de la jungla, ¡formó Omega V, y después Les Aus, y después Esperit! Y estas son bandas que han cambiado las reglas del juego de la escena musical del territorio. Y lo que es más importante, han hecho canciones que han cambiado vidas, que las han hecho más amenas, mejores, en definitiva. O Joan Colomo, que formó, también con Mau, La Célula Durmiente. ¿Conocéis un grupo más divertido que este? Yo no. A Colomo lo veías caerse de un escenario con Zeidun de las cervezas que llevaba en la sangre, pero después lo acabaron reclutando para formar parte de The Unfinished Sympathy, seguramente la banda de indie rock más destacada que ha existido en este país. Y mientras pasaban los años, él iba haciendo canciones, canciones que un día vieron la luz en solitario, y resultó que eran tan buenas que ahora lo llaman de todas partes y lo conoce todo el mundo. Pero ¿no habíamos quedado que solo era el vocalista de cuatro acordes y melena en la cara de Zeidun? Hasta mi madre sabe quién es Colomo.

Xavi, el bajista, ha sido menos activo, solo ha formado parte de la última década de un grupo que se llamaba Els Surfing Sirles, solo. Els Surfing Sirles eran los mejores, pero esto ya lo sabéis. Càndid, el gigante de dos metros que tocaba los teclados, ha hecho tantas bandas que no caben en tres folios. No es opinión, no es condicional, es información real, porque lo hemos visto con nuestros propios ojos. Ahora se lo puede ver tocando con Murnau B y Autodestrucció, pero hace poco era el batería titular de Joan Pons, de El Petit de Cal Eril. Albert Trabal tocaba la guitarra y la trompeta con los Zeidun, y también lo hizo en un montón de bandas como los Rain Still Falling y, posteriormente, con L’Orquestra de Sant Celoni.

Seguramente juntos nunca nos mostraron todo su potencial real. Permítanos la grosería: aquella banda solo fue la puntita. Suficiente para que ahora miremos atrás y, por fin, empecemos a reivindicar lo que fue su obra anterior, posterior y, sobre todo, como Zeidun. Una banda de emocore llena de momentos emocionantes y geniales. Aquí y ahora, es el momento de agradecer todo lo que nos han dado con sus múltiples nombres, con todas sus caras. Este es el feedback que nunca recibieron y el que, indudablemente, merecen por tantas buenas noches y tantos buenos días rematados con sus canciones.

El 15 de mayo próximo Gentnormal y La Fonoteca Barcelona han programado Me mata pero me gusta: una genealogía de Zeidun para la tercera sesión del #BCNmp7. La sesión constará de las actuaciones de Zeidun y de muchas de estas bandas: Joan Colomo –que acaba de estrenar disco–, Els Surfing Sirles –revividos para la ocasión–, Esperit!, La Célula Durmiente, Autodestrucció, L’Orquestra de Sant Celoni, Murnau B i Omega V. Además, se irán proyectando breves cápsulas documentales sobre los músicos y se repartirán, gratuitamente, un fanzine y un CD que recogen esta genealogía.

El lunes 12 por la tarde regalaremos 5×2 entradas gratuitas a través del Twitter del @CCCBmusica respondiendo a una pregunta.

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