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Lapsus y Barcelona, el intenso impacto de la música electrónica

14 de abril de 2014 2 Comments

El público de Barcelona se resiste a entrar en los recovecos de la música electrónica de calidad. Los grandes festivales son un espejismo pasajero –tres días al año o poco más–; el auge de algunos clubs consolidados, la excepción. Sin embargo, la ciudad ha vivido un repunte significativo de la oferta electrónica en los últimos siete meses: festivales de nuevo cuño –Mira Festival, Cau d’Orella–, ciclos temáticos –Dnit– y promotores outsiders –muchos, y casi todos reunidos en 2014 bajo las siglas BCN Mp7 del CCCB.

Zak Brashill. Foto: Judit Contreras

Lapsus Festival toma el relevo a Sónar en la programación musical de esta casa: apuesta por la electrónica de riesgo, la abstracción digital y la estética sintetizada. Estas coordenadas ideológicas son las mismas por las que apostó Sónar cuando en 1994 tomó el espacio del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y proclamó una máxima que le dio la razón: «Conéctate a la música del futuro», rezaba el lema de la primera edición del festival. Nos descubría así un mundo de infinita creatividad en los márgenes de la cultura de clubs y la música de vanguardia contemporánea.

La Ciudad Condal descubrió la música electrónica con etiqueta Sónar en un espacio público que, desde el minuto cero de su existencia, ha apostado por este tipo de música. El CCCB ha sido clave en la historia reciente de la música electrónica en Barcelona y Cataluña. A los sucesivos responsables del centro no les ha temblado jamás el pulso a la hora de apostar por la electrónica. Ahora tampoco: la inclusión del Lapsus Festival en la programación del vigésimo aniversario del centro corrobora la importancia que la música electrónica ha tenido siempre en el CCCB.

Lapsus es un festival ideológico y transversal: música de raíz sintetizada y programación sin cabezas de cartel –la sensación de que todos los músicos de la parrilla tienen la misma importancia es un factor que lo diferencia de otros festivales–. Un evento de género en el que prima la calidad por encima de lo previsible. Una cita para descubrir los talentos escondidos en las corrientes minoritarias (o mayoritarias) de la música de vanguardia electrónica. Incluso los más avezados descubrimos nuevas propuestas que hasta el momento nos eran ajenas. Se agradece.

Una jornada con primicia mundial 

En la primera jornada estaban programados 1991 y Fennesz, quien presentaba en primicia mundial su nuevo disco, Bécs, que significa su retorno a Mego, la plataforma editorial del insobornable Peter Rehberg –Pita–. El sueco Axel Backman, quien se esconde tras el alias de 1991, demostró que la dicotomía entre su actividad editorial y sus directos es más acentuada de lo que la audiencia estaba dispuesta a aceptar. Los organizadores del festival eran los únicos que estaban advertidos sobre las enormes diferencias entre los trabajos publicados en los sellos Opal Tapes y Astro: Dynamics y la música que suena en directo. 1991 no perdió calidad, pero sí pegada. Backman descompone en directo los pasajes rítmicos hasta hacerlos (casi) desaparecer: acentúa la veta atmosférica y, sin miedo, se convierte en un proyecto de ambient, que en esta ocasión difuminó hasta el máximo las melodías. El intento por ofrecer algo diferente provocó la indiferencia de algunos asistentes y la extrañeza del resto. Le acompañó con los visuales Miki Arregui, Videocratz, uno de los triunfadores absolutos de esta primera edición de Lapsus. El talento de este videoartista no tiene límites: ostenta una envidiable personalidad estética y presentó en todas sus intervenciones una ristra de ideas tan dinámicas como profundas. No es fácil olvidarse de las piezas de Videocratz.

Fennesz. Foto: Judit Contreras

Los shows del austriaco Christian Fennesz, todo idiosincrasia, suelen provocar todo tipo de reacciones. Desde que en 2001 publicó Endless summer, se ha convertido en uno de los músicos más reconocidos de la abstracción digital con marchamo estético. A pesar de que sus discos son auténticas obras de orfebrería digital, llenos de buenas ideas y sensaciones indescriptibles, sus directos no consiguen traducir ese cúmulo de sensaciones que se amontonan en la soledad de la escucha. No esperaba nada que no hubiera visto ya, pero en Lapsus se lució. Sacó genio y personalidad. Bécs recupera algunas de las ideas de abstracción melódica de su obra inspirada en el disco del mismo nombre de The Beach Boys, y otras de las que propuso en el celebrado Black Sea (2008), más ambiental y borroso. Recompone los mejores momentos de su discografía a base de paisajes épicos, evocativos y muy reconocibles. Es emocional hasta donde su personalidad se lo permite. Sin duda alguna, en Lapsus llegó muy lejos: el característico y crudo rasgado de guitarra de Fennesz fue tan explosivo que, por primera vez en su vida, aseguró el austriaco al acabar el concierto, había roto una cuerda de su guitarra sobre un escenario. No sé si es capaz de llegar a más, porque nunca he tenido ocasión de comprobarlo, pero desde luego en el teatro del CCCB se puso a prueba.

Mucho más que música

Lapsus no fue solo música. El arte visual y sonoro también tuvo su espacio. La instalación PHI, que presentó Playmid en la Sala Raval, el espacio anexo del teatro, ribeteaba la oferta del festival. Durante quince intensos minutos, PHI presenta una serie de ideas más cercanas al sound sculpture que a la música con intencionalidad transgresora. El juego de luces y sonidos geométricos recuerda a la obra del artista danés Olafur Eliasson, quien suele jugar con la percepción de la audiencia para proponer sencillas reflexiones sobre la relación con el espacio. La instalación de Playmid juega con la atmósfera, el espacio, la luz y la cultura rave. En los interludios entre conciertos, otra muestra de talento digital: Playmodes presentó varias piezas audiovisuales de cinco minutos en las que los juegos de luces acompañan a pequeñas suites digitales que bordean constantemente el paisajismo sonoro. Interesante, al menos.

El sábado, después de un set a modo de warm-up de los Lapsus Dj’s –esto es: Wooky, Bruna y Lesser, poca broma–, abrió Olde Gods acompañado, de nuevo, por el genio de Videocratz y su escena de época sincrónica. El nuevo proyecto de Guillamino y JMMI es adictivo: melodías con alma pop sobre rítmica house y atmósferas estéticas. El primer concierto que ofrecía este proyecto fue acaso uno de los mejores del festival. Shape Worship optó por la versión desarrollista de su techno atmosférico, en la que también caben visos de house anguloso. No fui capaz de percibir la precisión IDM que se le atribuye, pero sí se pudo comprobar la profunda impronta que ha dejado Actress sobre la escena electrónica británica.

«Hemos arriesgado todos mucho», comentaba la inquieta Alba G. Corral, videoartista que acompañó a Shape Worship con unos ostentosos visuales geométricos. Y no se equivocaba: todos los participantes en Lapsus estaban dando lo mejor de sí en todo momento. A veces, la sensación de desconcierto asaltaba a la audiencia: los músicos y artistas visuales se arriesgaron tanto que hubo peligro de no ser entendidos. Acaso demasiado avanzados para esta época de desatención y premura, de obras de fácil digestión y comentario inflamado. Las palabras de Alba explican muy bien la naturaleza de esta cita, que debería concretarse en una obligada periodicidad anual.

Y llegó el turno de los escoceses Dalhous, trasuntos de lo que en su día fueron otros escoceses: Boards of Canada. Publican en Blackest Ever Black, casa madre de las derivaciones pop del hauntology británico y marca con denominación de origen de novísimo ambient-techno: Raime, Vatican Shadow y, desde ya, también Dalhous. Si Raime concita la atención de los medios con unos shows siempre a medio gas y más bien aburridos, lo de Dalhous debería figurar más arriba en cualquier escala de valor mediática. Presentaron credenciales y una nueva referencia: «Visibility is a trap» –no tengan miedo: descárguensela pirata, que para eso está; la escena se lo agradecerá…–. Los recuerdos, la nostalgia de una vida que jamás han vivido, las sensaciones imaginadas…, ese es el terreno en el que se mueve Dalhous. Cazadores de imágenes y sonidos al vuelo, que convierten en un paisaje ambient con tendencia a los juegos rítmicos. Fue un show impactante, conciso y extremadamente bien planteado. Todos los asistentes andábamos contrariados porque no éramos capaces de dilucidar qué o quiénes eran los protagonistas de los visuales que acompañaron la música del dúo.

Jensen Sportag. Foto: Judit Contreras

Llegó el turno de los Jensen Sportag, favoritos de las tres cabezas pensantes de Lapsus. Suavizaron la interesante tendencia a conceptualizar el r’n’b, aunque no prescindieron de ella, y apostaron por trazar líneas 4×4 de groove acentuado y alma house. De los pasajes más atmosféricos –la constante en todos los conciertos del festival, cabe recordar– pasaron a la complejidad del sampleo de referencias e instrumentos. De nuevo, Videocratz sentó cátedra con unos visuales impactantes y dinámicos que mostraban recorridos por las calles de urbes atestadas. La promesa del ímpetu global está en las imágenes de este artista visual.

El premio al show aburrido y pretencioso se lo llevó Etch. Me da lo mismo el reconocimiento que Zak Brashill haya recibido de la prensa internacional, a veces pueril, frívola y estúpidamente tendenciosa. Su desconcertante actuación en Lapsus fue una lección de cómo no hay que hacer las cosas frente a un público atento. La peor parte se la llevó Óscar Sol, otro videoartista talentoso y provocativo, que tuvo que lidiar con el tedio de la música de Etch. Este tipo, que obvió el hecho de que tenía audiencia enfrente, se dedica a recuperar el lenguaje de la cultura jungle británica de los 90. Hasta ahí, todo bien. Pero si se opta por la versión rave de extrarradio del drum’n’bass y el jungle, la cosa no puede salir bien. Ni un ápice de originalidad, monótono e insulso. Para colmo, no movía ni un músculo sobre el escenario. Sí es cierto que culminó esa suerte de performance de la nada con una buena conceptualización de todo lo propuesto durante los primeros compases. Por momentos, parecía que iba a llegar al punto prometido, pero ya era demasiado tarde. El drum’n’bass de garrafón, en casa y con gaseosa, muchacho.

En rotundo contraste, Kelpe, también acompañado por los visuales de Óscar Sol. No es difícil imaginar por qué este proyecto ha recibido encendidos elogios de techno-masters como Laurent Garnier y Richie Hawtin, y también de otros maestros del sampleo y el groove como Hudson Mohawke y Daedelus. El show de Kelpe fue vibrante e inteligente; planteado como un relato con ánimo narrativo. Kel McKeown se hace acompañar por un baterista en directo, lo que otorga la crudeza que el bueno de Etch buscó y no supo encontrar. Desplegó un arsenal de recursos melódicos y rítmicos que rinden indisimulado tributo a la época dorada de Ninja Tune, comentaba Carles Novellas, del imprescindible programa de radio Paralelo 3, quien vivió de cerca la explosión del sello londinense de abstract beats trabajando en sus oficinas durante el decisivo cambio de década entre los 90 y los 2000.

Novellas tenía razón, sin duda, pero Kelpe no utiliza el sampleo como santo y seña de su sonido, como la mayor parte de la nómina de Ninja Tune. Aunque sí maneja las melodías abstractas jazzísticas bajo el paraguas estético-sintético en el que se camuflaba Four Tet hasta que apostó por el desarrollismo rítmico a discreción. Fue un concierto notable que reclama mayor protagonismo en las parrillas de los festivales estándar.

Sau Poler. Foto: Judit Contreras

«La experiencia en Lapsus fue muy buena, me lo pasé muy bien en el concierto; hubo química y creo que la gente lo disfrutó. Fue un punto de encuentro también con otros artistas y gente que aún no conocía en persona. ¡¡De diez!!» Así se expresó, a través del mail, Sau Poler, un joven productor de Badalona que va a llegar muy alto. Por partes: la música de Pau suena a «Four Tet, Floating Points, Bonobo, Burial o Jamie XX», asegura, pero también a Actress, Panda Bear, Carl Craig y John Talabot. En Lapsus demostró por qué es alguien a seguir de cerca: es curioso comprobar como siempre sabe escoger la mejor opción rítmica. No falla. Intuye el camino más corto para conectar referencias y sensaciones. A veces se decanta por el 4×4 progresivo, el del Actress menos abstracto; otras, escoge la vía del house profundo y emocional. Su actuación fue una de las mejores del festival, si no la mejor.

La fiesta, porque pasadas las doce de la noche Lapsus era una fiesta, acabó con Kanding Ray. Nunca entenderé por qué los productores de Raster Noton gozan de ciertos privilegios. Su discurso complejo, espeso, crudo y rotundo no siempre hace honor a su prestigio. Lo que está claro es que en Barcelona siempre encuentran un público atento. Quizá por las repetidas visitas de Carsten Nicolai a la ciudad, o porque su potente rítmica deja la misma huella que el Detroit techno en los noventa. Quién sabe. El set de Kanding Ray, sin llegar a la potencia prometida –todo es poco al lado de SND o Plastikman–, sí logró levantar a la audiencia durante los últimos coletazos del festival. Sin llegar a ser adictivo, sí logró la complejidad y la profundidad prometidas. Empezó emulando al Monolake más insulso para luego llegar a rozar esa emocionalidad que no se puede explicar pero sí entender a base de sensaciones básicas.

El año que viene, Lapsus promete más. Mucho más.

Fantasmas en el Sónar

18 de junio de 2010 2 Comments

Durante el Sónar, el CCCB se llena de fantasmas.

¿Y tú, ya tienes las fotos con los fantasmas del CCCB?

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