Razones por las que Orwell no debería haber pasado a la historia

20 de junio de 2017 No Comments

Fotografías de Eric Blair (George Orwell) de su ficha policial | Wikipedia

El escritor George Orwell, autor de clásicos de la literatura como 1984 y Rebelión en la granja, vivió en Barcelona entre 1936 y 1937. Durante ese tiempo se hizo militante del POUM y luchó en el bando republicano en la Guerra Civil. Eric Arthur Blair –el nombre real de Orwell– rindió su tributo particular a Barcelona y al momento histórico que vivió con el libro Homenaje a Cataluña. ¿Qué retorno ha tenido la ciudad con el escritor? Aparte de ponerle el nombre a una plaza, hasta hace cinco años nadie había pensado en recordar a George Orwell. El CCCB, a propuesta de un grupo de expertos en el escritor, creó el Día Orwell, un tributo en forma de debate y ruta histórico-literaria. Pau Rubio, uno de los impulsores de la iniciativa, nos lo explica en este artículo.

En el caso de George Orwell la distancia que separa la historia del olvido es de un milímetro. Tan solo un milímetro: el que faltó para que la bala que le atravesó el cuello en el frente de Aragón lo convirtiese en un muerto anónimo. En un primer instante, incluso él mismo llegó a la conclusión de que aquel proyectil lo había matado, que habría sido lo lógico.

En caso de existir dimensiones paralelas, a buen seguro que en la gran mayoría de ellas a Eric Arthur Blair le puso el punto final aquel disparo. Lo hicieron desaparecer por el sumidero de alguna checa. Lo encontraron los tipos que lo fueron a buscar al Hotel Continental. Los agentes que inspeccionaron el tren en el que huía hacia la frontera sí optaron por pedirle los papeles. Su nombre de “trotzquista pronunciado[1]” sí llegó a tiempo a la lista del control fronterizo. De manera que en cualquier otro presente paralelo, nadie conoce a un tal George Orwell.

Son tantas las maneras en que el escritor inglés podría no haber pasado a la historia, que solo hay una de explicar que finalmente sí lo hiciese: tenía que hacerlo. La suya es una biografía tan improbable que cabe pensar que, de todos los mundos posibles, vivimos en el único en que ocurrió de esta manera. En cualquier otro, Orwell no sobrevivió a la guerra. O no cayó en una milicia del POUM. O, sencillamente, no obtuvo días de permiso justo en las fechas que le permitieron convertirse en testigo de los hechos de mayo en Barcelona. En consecuencia, jamás llegó a rendir un Homenaje a Cataluña. Y, por supuesto, en ningún sitio se los rinden a él.

Afortunadamente —y a pesar de que en tantas otras circunstancias deseamos lo contrario—, nuestro mundo no es otro mundo. Es este. Y aquí George Orwell sigue atrayendo a nuevos lectores, a pesar de los años transcurridos desde su fallecimiento. Su testimonio de la guerra civil ha resultado fundamental para que los vencedores de entre los vencidos no impusiesen su visión. La clarividencia extraordinaria en la lectura de su propio tiempo sigue proporcionando claves para entender el nuestro. Su obra se mantiene en las estanterías y en las mesitas de noche. Sigue filtrándose en conversaciones. Contra toda probabilidad, Orwell, ese tipo desgarbado que vino a Barcelona para defender la libertad y contarlo al mundo, permanece entre nosotros.

El que Orwell sintió por Cataluña fue un amor no del todo correspondido. Él lo proclamó a los cuatro vientos desde la portada y el lomo de una de sus obras capitales. Lo mantuvo fielmente hasta su muerte y con ello contribuyó a construir la marca universal que hoy en día es Barcelona. Todavía hoy un buen número de visitantes se acercan a la ciudad siguiendo sus pasos. Y a cambio, ¿qué le ha dado Barcelona a él?

Plaza George Orwell, Barcelona

Plaza George Orwell, Barcelona | Wikipedia

El periodista británico Nigel Richardson no salía de su asombro cuando en el año 2013 se presentó en Barcelona para preparar un reportaje con motivo del 75 aniversario de la publicación de Homenaje a Cataluña. El único lugar que recordaba al escritor era una plaza a la que unas cámaras de vigilancia convertían en verdaderamente orwelliana, pero a la que sin embargo nadie se refería por su nombre oficial, sino por otro un tanto más lisérgico. Por otra parte, en la ciudad nadie parecía estar al tanto de la efeméride. No había ningún acto programado ni existían visos de que ninguna institución tuviese la menor intención de reivindicar a Orwell.

Tras el encuentro con Richardson, dos de las personas que participamos en su reportaje sentimos algo parecido a la vergüenza. ¿Cómo era posible que Cataluña, y Barcelona en particular, hubiesen arrinconado hasta tal punto una figura de la que hubiesen debido apropiarse? No tenía sentido que en una ciudad de fastos culturales no existiese siquiera un tributo sencillo al autor de 1984 o Rebelión en la granja. Alguien debería hacer algo al respecto. Pero ¿quién?

Finalmente, a falta de reconocimientos oficiales, decidimos organizar uno oficioso. Quizá no éramos las personas más indicadas, pero en aquel momento éramos las únicas. El círculo de expertos al que expusimos la idea la acogió con entusiasmo y se ofreció a colaborar. El CCCB abrió sus puertas a la iniciativa y aquel mismo 2013 hubo un primer Día Orwell. La fórmula inicial se ha mantenido cada año desde entonces: rutas gratuitas por los lugares de Homenaje a Cataluña en las Ramblas, una conferencia y toda una jornada dedicada al escritor en redes sociales.

Con la salvedad del primer año, que tuvo carácter de prueba piloto, la respuesta del público ha sido excelente. Las rutas literarias, pese a haber aumentado en número, han ido agotando las plazas un año tras otro. Y el acto central en el CCCB, que no se ha apoyado en ponentes conocidos por el gran público, ha tenido una afluencia masiva de personas en todas las ediciones, demostrando así que en la ciudad había hambre de Orwell.

De este modo, y a pesar del olvido voluntario o negligente por parte de las instituciones, Cataluña y Barcelona por fin devuelven el homenaje a Orwell. Ojalá el #DíaOrwell mantenga viva durante muchos años la memoria de este autor improbable que supo encontrar su propia verdad entre las de otros. No solo sigue vigente y hace mucha falta, sino que, además, esta sea tal vez la única dimensión en la que existe.

Pau Rubio (@pauinthecloudes uno de los impulsores del #DíaOrwell.


[1]> En el momento en que Orwell y su mujer, Eileen Blair, cruzaron la frontera sus nombres ya constaban en un informe policial que los calificaba de “trotzquistas pronunciados” [sic]. Orwell estaba convencido de que la ineficacia policial les salvó la vida en aquella ocasión.

Pedro Olalla: «La mentalidad política tiene mucho más que ver con las vivencias de cada generación que con la edad»

25 de mayo de 2017 1 Comment
Pedro Olalla

Pedro Olalla. © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna.

El escritor Pedro Olalla es un gran conocedor de Grecia. En los últimos años ha sido uno de los cronistas en los medios sobre la vida de los ciudadanos griegos, tocados por la crisis económica y por las drásticas decisiones financieras de la Unión Europea. Por todo ello y por su perfil de helenista con conocimientos de la cultura y la política de la antigua Grecia, Olalla es en uno de los interlocutores más válidos para debatir acerca del sentido de Europa y de la democracia. Pedro Olalla visitó el CCCB para impartir la conferencia «El viejo futuro de la democracia» y la periodista Anna Punsoda le entrevistó. En esta charla hablan del futuro de un continente envejecido, de la credibilidad de los burócratas europeos y de la responsabilidad y capacidad de decisión que todos tenemos en la democracia.

Anna Punsoda: Hablas de la importancia de la participación directa para ganar calidad democrática. En una democracia parlamentaria como la nuestra, ¿no estoy en mi derecho de delegar mi voz en los representantes y olvidarme de los asuntos públicos?

Pedro Olalla: (Se ríe) No solo estás en tu derecho, sino que prácticamente es lo único que puedes hacer. Pero, si renunciamos a la participación en los asuntos públicos, estamos renunciando a la democracia. Tienes razón en que nuestras democracias son representativas, pero lo son cada vez en un grado más dudoso. ¿A quiénes representan los que deberían ser nuestros representantes? La democracia, entendida deontológicamente, se basa en una identificación en alto grado entre los gobernantes y los gobernados. Y esto no se cumple: el distanciamiento entre ellos y nosotros es cada vez mayor.

Anna Punsoda: ¿Identificación? ¿No distingue Platón tres tipos de hombre y habla de los gobernantes como de aquellos en los que predomina la influencia de la razón?

Pedro Olalla: Platón, en su República, estaba describiendo un modelo ideal, no el retrato de lo que fue la democracia ateniense. La democracia es un sistema que se basa en la implicación, porque intenta que el poder político esté lo más cerca posible del ciudadano. Si el ciudadano no lo quiere ejercer, si la ciudadanía en su conjunto renuncia a su soberanía, siempre habrá alguien dispuesto a hacerse cargo de ella, y puede que no lo haga con las miras puestas en el interés general. Y ya que no vamos a poder tener la plena gestión política de lo común, si queremos mejorar nuestra salud democrática, debemos demandar un mayor grado de control sobre lo que hacen nuestros representantes. Debemos pedir que nuestras democracias creen mecanismos para que los ciudadanos, a través de los propios ciudadanos (y no de políticos profesionales adscritos a partidos), puedan ejercer labores de control, de seguimiento y de destitución de los representantes —puedan comprobar si están defendiendo o no el interés común.

Anna Punsoda: ¿Defender tu partido no es la mejor forma de defender la democracia?

Pedro Olalla: Yo creo que no. Los partidos, por lo general, defienden intereses sectoriales, de los que, en un alto grado, depende incluso su propia existencia. En la democracia original no había partidos, pero nuestras democracias actuales no son herederas genéticamente de aquella democracia original, la ateniense (la que mejor conocemos por sus fuentes históricas: Aristóteles, Demóstenes, Isócrates…); son herederas del modelo del republicanismo romano, que ya en su origen era un sistema representativo, una res publica, un sistema de gestión de lo común basado en el cursus honorum (la carrera de cargos), en el que los patricios tenían una posición de privilegio muy grande. Las funciones que en la democracia ateniense correspondían a la Asamblea del Pueblo, en Roma recaían sobre el Senado, los cónsules, los magistrados —era un sistema más parecido al actual.

La tradición liberal, que se inicia con Locke y que influye en los modelos de las repúblicas creadas a partir de las revoluciones americana y francesa, fue una buena base. Ese republicanismo moderno empieza bien, porque el liberalismo de ese primer momento era una lucha contra el absolutismo, una lucha que intentaba devolver soberanía al individuo, respetar las libertades individuales frente a los abusos del poder absoluto —heredado por tradición de sangre— representado por los imperios monárquicos. Pero, en un segundo momento, esas nuevas repúblicas derivaron hacía la defensa de los intereses de la clase burguesa emergente. Por eso llegaron a llamarse «repúblicas burguesas». Desde un primer sentido humanista y político, el liberalismo viró hacia un sentido de proteccionismo de intereses económicos, de blindar los intereses de una clase. Los partidos políticos nacen en ese contexto, en ese republicanismo, porque son expresión adecuada para defender los intereses de clase. Nuestras democracias actuales son herederas de este modelo «neorrepublicano». Por eso pensamos que los partidos son la única manera de llegar a tener representación. Nos parecen un rasgo natural de la democracia, pero no lo son, son parte de su historia y, si nos apuramos, son parte de su historia reciente.

Los partidos han demostrado que tienen unas jerarquías internas determinadas, unos mecanismos de promoción determinados, que están subvencionados por grupos de presión, que sirven a intereses opacos, que copan la escena política evitando la entrada de grupos menores, que mantienen determinadas actitudes que son impedimentos para la verdadera democracia. Debemos reivindicar otros cauces de participación en la toma de decisiones para revitalizar la democracia.

Pedro Olalla

Pedro Olalla. © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna.

Anna Punsoda: ¿Qué posibilidades tienen los estados nación modernos de organizarse como la Atenas de Demóstenes?

Pedro Olalla: Es que no se trata de copiar —es obvio que no es posible, ya que Atenas tenía entonces 200.000 habitantes. Pero debemos ser conscientes de que entonces fue posible desarrollar fórmulas y modelos que llegaron a conferir al ciudadano un peso político que no ha tenido nunca más en la historia. Y lo hicieron con los medios propios de la época, sin referentes anteriores, en el vacío. ¡Cómo no vamos a poder arbitrar fórmulas para conseguir un mayor grado de participación! Si podemos votar en tiempo real la canción ganadora de Eurovisión, ¿cómo no vamos a poder hacer un referéndum, por extenso que sea el electorado? La demografía no debería ser un impedimento para desarrollar fórmulas que permitan una mayor implicación del ciudadano. Eso no quiere decir que un estado nación actual tenga que funcionar con los mismos instrumentos y parámetros que aquella democracia. Pero es falaz pensar que la democracia surgió entonces de forma natural y que hoy no puede surgir porque sería contranatural. Pensar esto es escamotearnos una forma más digna de democracia. No hay unos impedimentos naturales que hagan imposible organizar la vida pública de forma distinta.

Anna Punsoda: Hablas de la profesionalización de la política en términos negativos. Cuando busco trabajo, sin embargo, miran con lupa cada segundo de mi experiencia laboral. ¿Por qué van a requerir los asuntos públicos menos profesionalización que los empresariales?

Pedro Olalla: Verás, se da una especie de falacia que identifica la experiencia técnica con la voluntad política. Y, a través de esta falacia, se intenta escamotear a la población su derecho a ejercer la voluntad política bajo el argumento de que carece de experiencia técnica. ¿Acaso los políticos que nos representan tienen experiencia técnica en todos los campos sobre los que tienen que tomar decisiones políticas? ¿No tienen para eso a sus asesores y equipos? ¿Pueden opinar con la misma solvencia sobre energía solar, cuestiones geoestragéticas, programas de educación? Pues no, para eso tienen sus equipos y asesores; pero siempre operan movidos por una voluntad política, que, a veces, ni siquiera es la suya. Platón definió la voluntad política en el Protágoras como un don repartido entre el conjunto de la sociedad. Así pues, o partimos de la base de que pertenece al conjunto de la sociedad, o aceptamos que carecemos de ella y renunciamos a la ambición de querer gobernarnos a nosotros mismos. Si creemos que el conjunto de la sociedad puede generar un grado de voluntad política, tenemos que darle cauces para ello. No puede ser que, porque carezcamos de conocimientos técnicos a nivel individual en todos los campos sobre los que hay que tomar decisiones, haya que delegar nuestra voluntad política en unos representantes que tampoco los tienen y que, con demasiada frecuencia, no actúan con las miras puestas en el interés general. En el fondo, la mayoría de las decisiones que han de tomarse para gobernar una sociedad son decisiones éticas —no meramente técnicas—, y para esas sí está capacitada la ciudadanía en su conjunto.

Anna Punsoda: Vamos al proyecto europeo. ¿Cómo es posible reactualizarlo en una generación sin memoria de la guerra ni de la necesidad de pacificación mediante la unión?

Pedro Olalla: La memoria de la guerra es un factor a tener en cuenta en el éxito de consolidación del proyecto europeo, pero no es el factor más importante. La Unión Europea es actualmente un intento de crear instituciones de iure para consolidar el poder político y económico que de facto ya tienen determinadas instancias. Los burócratas de la Unión no están luchando, en realidad, contra la posibilidad futura de una guerra, sino consolidando sus intereses oligárquicos. Unos intereses opuestos a la soberanía política y monetaria de los estados; unos intereses que pugnan por desplazar los centros de toma de decisiones de los parlamentos nacionales a instancias supranacionales no precisamente democráticas. El Parlamento europeo no es más que la hoja de parra de todo el proyecto, porque las verdaderas decisiones no las toman instituciones democráticas —la propia Comisión no es una institución democrática, y está muy sujeta a la presión de los lobbies. El organismo político y económico que se ha creado no sirve a los viejos propósitos de Adenauer o de Jean Monnet, sino que va por otros derroteros.

La Unión ha perdido credibilidad, pese a que se está intentando mantenerla por todos los medios. Cuando llegaron los efectos perversos de las crisis financieras, de las dependencias financieras, empezamos a replantearnos la conveniencia de una estructura así. Empezamos a ver cómo determinados lobbies y sectores políticos —el núcleo duro neoliberal— se habían ido apropiando de este proyecto para darse de iure un poder que ya ejercía de facto. Esto va en contra de nuestros derechos fundamentales. Los memoranda que estas instituciones están obligando en los últimos años a firmar a Grecia atentan contra el propio derecho originario de la Unión, contra el derecho internacional, contra los derechos humanos (trabajo digno, vivienda, salud…), contra las conquistas sociales (seguridad social, convenios colectivos, horario de ocho horas). Son incompatibles con el estado de derecho y con la democracia.

Anna Punsoda: ¿Se trata de un robo y no de un colapso del sistema?

Pedro Olalla: Se trata de algo intencionado. La idea de que las cosas degeneran de forma espontánea e impersonal es falsa, y ha sido un método pensado para diluir las responsabilidades concretas en la responsabilidad colectiva. Cuando se firman determinadas leyes, cuando se crean determinadas instituciones, cuando se firma un tratado con Canadá o con Estados Unidos, hay responsables concretos y no la simple marcha de la historia. Lo cierto es que el sistema capitalista occidental está propiciando los dos fenómenos que la humanidad debe evitar si quiere sobrevivir: la acumulación de la riqueza en pocas manos y la acumulación del poder político en pocas manos. Y en este proceso hay responsables con nombres y apellidos.

Anna Punsoda: Afirmas, por otro lado, que el sistema promociona una visión negativa de la tercera edad.

Pedro Olalla: Así es. Los términos en que se expresa el sistema que domina el mundo siguen siendo los de la productividad. Y la tercera edad es percibida como un colectivo subsidiario, marginal, parásito del estado, que se está convirtiendo en un problema por el mero hecho de existir y de crecer. Si asumimos esta visión, nos situamos en una posición de debilidad frente al sistema, pues acabaremos teniendo cargo de conciencia por vivir demasiado o por dejar de trabajar. La política debería ser una emanación de la sociedad —pensada para buscar la felicidad de esa sociedad— y no un sistema ajeno a la sociedad al que debamos adaptarnos para servirlo. Es decir: si la sociedad cambia —envejece— tendrá que cambiar la política, la forma de afrontar los problemas. El sentimiento de culpa imposibilita la evolución hacia un sistema político que nos permita envejecer en sociedad de forma digna.

Anna Punsoda: Se dice que nos volvemos conservadores con el tiempo y que, por eso, determinados partidos han renunciado a hacer política entre la tercera edad.

Pedro Olalla: Eso de que nos hacemos conservadores y medrosos con el tiempo es una visión inducida desde el sistema y que tiene que ser revisada. La mentalidad política tiene mucho más que ver con las vivencias de cada generación que con la edad. Las abuelas de la Plaza de Mayo representan una visión progresista de la política. Y al revés: las filas de los partidos neonazis están llenas de jóvenes. Tenemos que acabar con los estereotipos asociados a la edad para tener una visión más justa de cada colectivo etario. Y acabar también con el sentimiento de culpa y de resignación, que la gente mayor deje de percibirse como un colectivo que aspira a la misericordia del estado.

Anna Punsoda: Un sentimiento de culpa de herencia judeocristiana.

Pedro Olalla: Yo solo digo que es un sentimiento inducido. Se están haciendo esfuerzos de proporciones «goebbelianas» para trasladar la responsabilidad política a la gente. En Grecia, por ejemplo, se ha inducido sistemáticamente la idea de culpabilidad desde el estado —«entre todos nos lo comimos»— con la intención de diluir en una supuesta responsabilidad colectiva las responsabilidades individuales de quienes toman decisiones concretas. Y, como todo el mundo tiene alguna que otra cosa que ocultar, es realmente fácil llegar a crear esa conciencia, dejando así de someter a análisis las responsabilidades concretas. Ese discurso de que «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades», de que «hemos agotado los recursos públicos», encubre muchas responsabilidades, y crea una población sumisa y dispuesta a aceptar cualquier castigo. ¿Cómo es posible que, habiéndonos metido en unos planes de rescate con el 120% de deuda sobre el PIB y llegando en seis años al 185% tras tantos sacrificios materiales y humanos, viendo con meridiana claridad que vamos a peor, no levantemos la cabeza y sigamos diciendo que tenemos que aguantar porque «no hay otro camino»? Han conseguido neutralizar en la población todo carácter reivindicativo, su derecho a exigir verdaderas responsabilidades a quienes las tienen. Porque, si son representantes, deben responder ante la sociedad. No vale ser representante para beneficiarse de las prebendas y, cuando las cosas van mal, diluir responsabilidades…

Democracias que envejecen. Participación política y valores culturales de la gente mayor en Europa

8 de mayo de 2017 No Comments

Desde el Brexit hasta Viktor Orbán, Marine Le Pen y Geert Wilders, la crisis política de Europa se ha interpretado a menudo en clave de un conflicto generacional. Según esta visión, el auge de los proyectos políticos autoritarios, el deterioro de los valores democráticos y la hostilidad hacia la integración europea son en parte consecuencia del envejecimiento de la población en el continente. Contribuyen a sostener esta idea una serie de mitos y prejuicios que retratan a las personas mayores como un grupo temeroso, egoísta y fácil de manipular. Pero esta perspectiva no se basa en los hechos. Los análisis políticos demuestran que no existe ninguna relación entre el envejecimiento y la inclinación hacia opciones políticas reaccionarias, y que nuestras perspectivas se construyen a partir de nuestra educación y experiencia política y no cambian sustancialmente con el paso del tiempo. Para confrontar los estereotipos sobre la vejez y la participación política, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y las Open Society Foundations han organizado el proyecto “Ageing democracies / Democracias que envejecen”, en el que cinco investigadores y artistas desarrollan trabajos individuales que exploran las implicaciones políticas del envejecimiento.

Nos encontramos en un momento crítico de la historia. Los valores liberales democráticos se ven amenazados por el auge de políticos autoritarios como Donald Trump, Viktor Orbán, Marine Le Pen o Geert Wilders, y de partidos xenófobos como Alternativa para Alemania, el Partido de la Libertad de Austria o el partido Ley y Justicia de Polonia, que tratan los principios de los derechos humanos y la solidaridad social con escepticismo o incluso con una hostilidad abierta. Mientras, el Brexit y referéndums similares han demostrado que la integridad de la Unión Europea ya no se puede dar por descontada.

Estos cambios drásticos se están produciendo junto con la que probablemente sea la transformación más profunda y a largo plazo en la composición social de Europa desde la ampliación del acceso a la educación: el envejecimiento acelerado de la población. Impulsado por el crecimiento continuado de la esperanza media de vida, el envejecimiento de la población es uno de los resultados más tangibles del progreso social. A pesar de ello, a menudo es tratado por expertos, analistas y otros especialistas como un problema y una fuente de conflictos intergeneracionales.

La idea de que el deterioro de los valores liberales democráticos está en cierta manera relacionado con el aumento de la población de edad avanzada en Europa no tiene ningún fundamento. Es el resultado de supuestos incontestados sobre el envejecimiento y la gente mayor. Pero en los debates públicos se repiten y reproducen constantemente la idea y los mitos que lo defienden. Para hacer frente a estos prejuicios y profundizar en las cuestiones que suscita la política del envejecimiento, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y Open Society Foundations se han unido para llevar a cabo el proyecto “Ageing democracies / Democracias que envejecen”.

El proyecto reúne a cinco personas de diversas procedencias, disciplinas y contextos para crear un grupo de investigación multidisciplinar que incluye a un politólogo, un filósofo, una fotógrafa, una cineasta y un dramaturgo. A lo largo del último año, los cinco han analizado la política del envejecimiento desde diversos ángulos y han producido trabajos que abordan ideas erróneas y generalizadas sobre la gente mayor, sus perspectivas políticas y su papel en la sociedad. Hoy celebramos el aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa con la presentación de las conclusiones del proyecto y sus implicaciones para construir un futuro más justo y democrático.
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El envejecimiento de la población es un hecho positivo

Todos los países de la Unión Europea están experimentando un envejecimiento acelerado de la población. Según las previsiones demográficas de la Comisión, la Unión llegará a un máximo de 526 millones en 2050. Entonces, cerca del 30% de la población total tendrá más de 65 años. Hacia el año 2060, la proporción de personas de más de 80 años será prácticamente la misma que la de personas menores de quince.

Se ha hablado mucho de las profundas consecuencias políticas y económicas que tendrá el envejecimiento de la población. El debate público se suele centrar en la presión que ejercerá sobre el estado de bienestar el aumento de la población de personas mayores, traducido en un mayor gasto público en atención médica y pensiones. De hecho, los artículos de los medios de comunicación sobre el envejecimiento de la población a menudo plantean el fenómeno como una amenaza a la existencia misma del estado de bienestar para las generaciones futuras, enfrentando en la práctica a la población mayor con los jóvenes.

Como resultado, la dimensión generacional de la política ha ganado relevancia. Como el envejecimiento de la población es una tendencia muy a largo plazo, la discrepancia entre las visiones, necesidades y conductas políticas de la gente mayor y de otros grupos de edad influirá en los procesos democráticos y los debates durante las próximas décadas.

No se puede culpar a la gente mayor del aumento del autoritarismo y la xenofobia

Inmediatamente después de la votación del Brexit, mucha gente expresó su frustración por el resultado y sugirió que no se habría debido permitir que las personas mayores votasen. Durante los días posteriores, la idea de limitar el derecho a voto a los mayores trascendió a las redes sociales y se abrió camino en medios como Time, GQ, Huffington Post, VICE, Forbes y El País. También los analistas responsabilizaron de la fortaleza de gobiernos relativamente impopulares o del auge del populismo de derechas al número creciente de votantes de la tercera edad.

Culpar a la gente mayor de resultados políticos inmovilistas, reaccionarios o autoritarios parece casi un acto reflejo y a menudo la discriminación por edad o “edadismo” que implica no encuentra contestación. Los prejuicios basados en la edad se fundamentan en la creencia extendida y muy enraizada de que, por naturaleza, la gente mayor se vuelve más reaccionaria con la edad. Pero, ¿qué hay de cierto en esta suposición?

Empíricamente, la idea no parece tener ningún fundamento. Por ejemplo, la presunción de que el apoyo a los partidos de extrema derecha en Francia y los Países Bajos es más alto entre la gente mayor es en realidad falsa. Según una encuesta de I&O de diciembre de 2016, el apoyo al Partido por la Libertad de Geert Wilders era más elevado entre los votantes jóvenes y disminuía radicalmente con la edad: menos del 5% de los votantes de más de 65 años daban su apoyo a su campaña xenófoba. De la misma manera, las encuestas preelectorales decían que el Frente Nacional de Marine Le Pen era la opción electoral preferida entre los votantes franceses por debajo de los 50 años, mientras que entre la gente más mayor era la tercera opción.

Brighton Pride. Ivan Bandura, 2014.

Que las personas mayores sean menos propensas a apoyar a los políticos autoritarios y xenófobos puede ir en contra de las creencias y las suposiciones, pero no es demasiado difícil entender por qué lo hacen. Los viejos que viven actualmente en Europa aún recuerdan la Segunda Guerra Mundial y el auge del racismo, y la integración europea se fundamentó en gran medida en la idea de evitar los horrores de aquella época. Un estudio reciente del investigador de Harvard Yascha Mounk y de Roberto Stefan Foa, de la Universidad de Melbourne, presenta unos resultados alarmantes: mientras que la mayoría de los europeos mayores piensa que un golpe militar nunca está legitimado en democracia, sólo un 36% de los millennials piensa lo mismo. Sólo el 5% de los europeos mayores de 65 años cree que un sistema democrático es una forma “perjudicial” o “muy perjudicial” de dirigir un país, mientras que el 13% de los millennials lo percibe así. Finalmente, los europeos de la tercera edad son más propensos que los jóvenes a creer que los derechos civiles son absolutamente esenciales para una democracia.

El grupo de la gente mayor es tan diverso como cualquier otro

El hecho es que las perspectivas políticas y culturales de la tercera edad son mucho más complejas y diversas de lo que tendemos a asumir. Esta es la conclusión general del primer trabajo del proyecto “Ageing democracies / Democracias que envejecen”, un informe del profesor Achim Goerres, destacado politólogo alemán especializado en la participación política de la gente mayor.

El informe rechaza el mito de que la gente mayor constituye un único electorado con tendencias reaccionarias, y hace notar que las diferencias entre sus preferencias políticas y las de la gente más joven en Europa no se deben a la edad sino más bien a la manera en que ha evolucionado cada generación política y a las experiencias históricas que han compartido sus miembros. En la medida en que podemos generalizar, los datos sugieren que los europeos más mayores son, de hecho, menos conservadores que sus homólogos más jóvenes cuando se trata de economía. Las únicas excepciones son Suiza y el Reino Unido, donde son ligeramente más conservadores.

Por lo que se refiere a sus opiniones culturales, si bien es cierto que la gente mayor es más conservadora en todos los países europeos excepto en los Países Bajos, estas diferencias son más pequeñas de lo que se piensa generalmente. Las personas que crecieron en el mismo contexto histórico comparten experiencias similares que son las que determinan sus valores hacia el final de la adolescencia y el inicio de la vida adulta. Estas experiencias vienen claramente determinadas por las circunstancias nacionales y la historia política. El hecho de haber nacido en 1955 en Alemania Occidental forjará las preferencias políticas y las formas de participar de la vida pública de alguien de manera bastante diferente que si hubiese nacido el mismo año en Cataluña o la República Checa.

Yayoflautas. Teresa Forn, 2012.

El informe del politólogo Achim Goerres concluye que lo relevante no es la diferencia de edad sino otras desigualdades: pasada la edad de jubilación, las personas se dividen según las mismas desigualdades sociales que experimentan los grupos más jóvenes. De hecho, las diferencias de actitudes y recursos entre los europeos más mayores están relacionadas con desigualdades de género, salud, educación e ingresos. Exactamente igual que en el resto de grupos de edad, estas diferencias no sólo estructuran la posición social de la gente mayor, sino también lo que hacen y lo que quieren de la política.

Si consideramos el ejemplo de los ingresos familiares, el 73% de la gente mayor cree que el gobierno ha de reducir las diferencias de ingresos entre los más ricos y los más pobres. Sin embargo, cuando dividimos a la gente mayor por grupos de ingresos, se ve exactamente el mismo patrón que encontramos entre la gente joven. Los que tienen más ingresos no son tan partidarios de redistribuir los recursos como los que tienen menos. Entre la gente mayor con unos ingresos familiares situados en el tramo más bajo del 30% de la distribución de ingresos de su país, la proporción que apoya la redistribución es del 79%. Entre los situados en el tramo más alto del 30%, esta proporción cae al 62%.

La desigualdad socioeconómica no sólo afecta a las opiniones políticas de la gente mayor, sino que puede afectar también a la manera en que participan en política. Las desigualdades en materia de salud, muy marcadas también por las desigualdades sociales, son bastante notables entre la gente mayor. Tanto es así, que la edad de jubilación se puede dividir normalmente en una edad de “ancianos jóvenes” y otra de “ancianos ancianos”, cuando los problemas de salud impiden las actividades diarias. Una salud peor entre la gente mayor se asocia con menos participación política de cualquier tipo o incluso ninguna en absoluto. A pesar de estos impedimentos, la participación política de los “ancianos ancianos” aún es mayor que la de los jóvenes. El informe concluye que los políticos se dirigen a un electorado imaginario de personas de la tercera edad al que se suponen actitudes políticas e ideas muy similares. En opinión del autor, las inquietudes latentes sobre los conflictos generacionales provocados por una “ola gris” de “viejos egoístas” son en buena parte resultado de las exageraciones de los medios y tienen poco fundamento en los estudios científicos actuales.

La política del envejecimiento es la política del futuro

El hecho de que nunca haya habido tanta gente mayor como ahora, plantea una pregunta preocupante: ¿es que alguna vez los habíamos valorado tan poco? Aunque la población de la tercera edad está creciendo y la población joven no, nuestros imaginarios culturales se guían por un imperativo de juventud. Desde el mundo de la publicidad hasta la industria cinematográfica, nuestra cultura visual equipara la belleza con la eterna juventud. En la cultura pop, la gente mayor a menudo es representada como anticuada, indefensa o irritable. Paralelamente, el periodismo científico suele tratar el envejecimiento como una enfermedad que se debe curar, y no como una parte natural del ciclo vital. En vez de valorar los tempos de la gente mayor y privilegiar su mirada retrospectiva, la sociedad les pide que envejezcan “activamente” para adaptarse a los tiempos.

Cómo envejecemos es una cuestión inherentemente política. Resulta evidente que no todos lo hacemos de la misma manera y que los años que vivimos vienen determinados por nuestras condiciones sociales y económicas. La esperanza de vida y la calidad de vida varían sustancialmente entre países y también en cada país, especialmente como resultado de las desigualdades de ingresos, género y educación. Una política del envejecimiento ha de ir, por tanto, más allá del comportamiento electoral o las preferencias políticas de un determinado grupo de edad. La manera en que envejecemos y las implicaciones de hacerse mayor dependen en buena parte de cómo está organizada una sociedad, qué prioridades define y qué cuestiones se plantea.

Los otros cuatro trabajos del proyecto “Ageing democracies / Democràcies que envelleixen” analizan estas inquietudes. El filósofo Pedro Olalla repasa el texto clásico más antiguo sobre la vejez, De Senectute, de Cicerón. En un libro que publicará próximamente, titulado De Senectute Política, Olalla caracteriza el acelerado y profundo envejecimiento demográfico en Europa como un hecho irrefutable del que hemos de tomar conciencia para garantizar que la sociedad asimile, gestione y se enriquezca con sus implicaciones más profundas. Hay que entender el envejecimiento como un fenómeno intrínsecamente ético y político que nos exige poner en cuestión una sociedad que trata a la gente mayor como saqueadores de las arcas públicas. Olalla propone una nueva lectura de la noción cada vez más popular de “envejecimiento activo” que encaja con el ideal democrático de participación ciudadana y compromiso profundo con la vida política.

Pero el envejecimiento de la población no es el único cambio demográfico importante que afecta a la política del envejecimiento. Actualmente, la gente mayor de Europa forma parte de una sociedad que ha cambiado drásticamente con los nuevos patrones de la migración internacional. Esta cuestión se trata de manera muy sutil en la película documental de la fotógrafa sueca Maja Daniels, titulada La abuela me llama Thomas. El argumento es la amistad poco probable entre Taimaz y Barbro. Barbro, de 87 años, no había conocido nunca un refugiado antes de la visita de Taimaz. Taimaz llegó a Suecia como menor no acompañado procedente de Afganistán. Su vínculo con Barbro es su primera relación con una persona sueca. La historia tiene lugar en Älvdalen, un pueblo envejecido y con muy pocos habitantes de la Suecia rural que tiene una lengua minoritaria no reconocida y amenazada de extinción, y pone cara a las complicadas implicaciones del cambio demográfico en Europa.

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La cuestión política de cómo las diferentes comunidades responden a los retos actuales de nuestra sociedad envejecida es el argumento de Casa de nadie, un documental de la productora cultural catalana Ingrid Guardiola. Con un enfoque experimental y observacional, Guardiola examina la vida de dos comunidades de gente mayor en dos lugares radicalmente diferentes. El primero es Ciñera, un antiguo pueblo minero de León cuya economía se ha visto muy perjudicada por la globalización. El segundo es una residencia de ancianos del barrio El Palomar de Barcelona. En Ciñera, una sólida cultura sindical intenta hacer frente a la doble amenaza de la desindustrialización y el despoblamiento. En El Palomar, el crecimiento económico se ha traducido en un aumento de la población urbana, y un mayor número de gente de la tercera edad que vive en residencias de ancianos y trabajadores que los cuidan. La película destaca la importancia fundamental del trabajo en ambos escenarios y cómo las vidas en estas comunidades divergen en su manera de tratar a la población anciana.

Finalmente, Peca Stefan es uno de los jóvenes dramaturgos con más proyección de Rumanía. Su nuevo trabajo es un híbrido entre una obra de teatro inmersiva, una novela y una exposición. Titulado El nuevo viejo hogar, es un ejercicio de empatía que invita al público a ponerse en la piel de la Sra. D y su nieta millennial, Gina, en su fantástico viaje a través del espacio y el tiempo. Las dos mujeres se reencuentran, después de estar separadas muchos años, para enfrentarse a una situación que las impulsa a una investigación a través de mundos paralelos. El destino de la Sra. D depende de cómo responda a los conflictos que plantean las diversas versiones posibles de su vida como anciana en las actuales Rumanía, Alemania y España, y una lejana versión futura de Europa. Mientras ayuda a su abuela a lo largo del camino, Gina ha de hacer frente a sus propias ideas falsas y temores sobre el envejecimiento, y así surgen una serie de cuestiones recurrentes. ¿Cómo se valora a la gente mayor en las democracias contemporáneas? ¿Cuál sería el mejor mundo posible para Gina y la Sra. D?

Son estas las cuestiones vitales que plantea el proyecto “Ageing democracies / Democracias que envejecen”, cada vez más urgentes ante las recientes evoluciones políticas en el continente. La crisis de la eurozona, la crisis del estado de bienestar, el Brexit y el auge del autoritarismo nos enfrentan hoy a una serie de escenarios futuros que eran impensables hace sólo una década. Estos retos agudizan las tensiones presentes en una transformación de la sociedad que es más lenta pero es igualmente profunda. Cuanto más envejezca la población de Europa, más crucial será articular una buena política del envejecimiento. Sus consecuencias no se limitarán a los jubilados actuales. Los jóvenes son la gente mayor del futuro, y es hoy cuando se está dirimiendo si heredarán o no una cultura democrática.

Marta Segarra: «Queremos poseer el otro y acabamos despojándonos a nosotros mismos»

2 de marzo de 2017 No Comments

¿Hasta qué punto el deseo —que de entrada parece un fenómeno pulsional, que liga al hombre a la animalidad— está condicionado culturalmente? ¿Cómo afectan los tópicos sobre la feminidad a la actitud y las decisiones que una mujer toma en su vida? ¿Qué margen han tenido las mujeres para descubrir su deseo en una historia cultural y sexual escrita por los hombres? Hablamos de ello con Marta Segarra, catedrática de literatura francesa y de estudios de género en la Universidad de Barcelona, y cofundadora y directora del Centro Mujer y Literatura.

Marta Segarra a la conferència Desig i subversió © CCCB, Miquel Taverna, 2017

Marta Segarra en la conferencia Deseo y subversión © CCCB, Miquel Taverna, 2017

Deseamos según unos patrones culturales —no solo los que marcan la educación y las lecturas, también todo cuanto absorbemos diariamente de forma menos consciente.

Anna Punsoda: El amor es cultural y el deseo es natural.

Marta Segarra: El amor es una construcción cultural, sí. Por supuesto que no se entiende igual ahora que hace quinientos años, ni se entiende igual en Barcelona que en Dakar. Pero el deseo tampoco es natural. Tendemos a pensar que es un fenómeno instintivo, pulsional —o natural, como tú dices. Pero también deseamos según unos patrones culturales —no solo los que marcan la educación y las lecturas, también todo cuanto absorbemos diariamente de forma menos consciente.

Para mí, el patrón cultural más obvio es lo que nos impulsa hacia la heterosexualidad. Creemos que es natural que si eres hombre desees a mujeres, y si eres mujer desees a hombres, cuando en la realidad no siempre es así, obviamente. La cultura nos empuja hacia una heterosexualidad que algunas teóricas han denominado «heterosexualidad obligatoria». Los afectos, pero también la sexualidad, vienen marcados por patrones culturales que hoy en día están vehiculados sobre todo por los relatos audiovisuales —el cine, la televisión, la publicidad, las nuevas redes sociales.

AP: Hablando de patrones, en tu ensayo Políticas del deseo contrapones dos arquetipos de mujer: las bíblicas María y Eva. ¿Qué representan estos arquetipos y a quiénes sirven?

MS: De entrada son un ejemplo claro de cómo en Occidente nuestro pensamiento siempre se ha estructurado de forma binaria. Bien y Mal, Alma y Cuerpo, Amor puro y Amor sexual. En este sentido, dentro del género «mujer» se han promovido dos modelos: la mujer buena, que sería María —madre, y además virgen, o sea portadora de vida sin haber sentido nunca deseo sexual—, y Eva, que sería la primera femme fatale de la historia, la que arrastra al hombre hacia el materialismo, le lleva a la condena mediante la atracción que le genera. Eva es la tentación y la muerte porque la expulsión del paraíso simboliza la introducción de la mortalidad en la historia de la humanidad. Este patrón, que se perfila conceptualmente en el siglo XIX, es muy antiguo. Y tiene un mensaje muy claro: el deseo trae desgracia. Es el mito de Carmen, la mujer que no se enamora, pero cuya atracción funciona en una pluralidad de hombres, y acaba esparciendo muertes y dolor.

AP: Y esta idea de la mujer seductora, manipuladora, consciente del efecto de sus encantos, ¿no entra en contradicción con el tópico que nos presenta a la mujer como una criatura sometida a las fuerzas telúricas?

MS: Por supuesto. Este último es un tópico que paradójicamente cobra fuerza en el siglo XVIII, el Siglo de las luces. Se nos dice que por su cuerpo, por su anatomía, la mujer está más cercana a lo natural. Porque se vincula la feminidad a la maternidad. Lo que, según este pensamiento, no pasa con el hombre, que puede sublimar el vínculo con la naturaleza mediante la razón, elevarse por encima de la contingencia material.

«La mujer artista se nos ha presentado a menudo como el arquetipo de la mala madre, porque se dedica al arte —o al trabajo, el que sea— más allá del rol que supuestamente le ha asignado la naturaleza.»

AP: Por eso la mujer siempre ha representado lo eterno, la base de las cosas, y el hombre el complemento, el progreso.

MS: Sí. Precisamente en este sentido hay una oposición conceptual clásica, procreación y creación. Maria Àngels Anglada habla de ello en un poema cuyo título es Una resposta. Estas dos actividades se han visto durante muchos siglos como excluyentes. Muchas mujeres lo han interiorizado, están convencidas de que su papel en el mundo es primordialmente de transmisión, de continuidad, de mantenimiento familiar. La mujer artista se nos ha presentado a menudo como el arquetipo de la mala madre, porque se dedica al arte —o al trabajo, el que sea— más allá del rol que supuestamente le ha asignado la naturaleza.

Marta Segarra i Merri Torras a la conferència Desig i subversió © CCCB, Miquel Taverna, 2017

Marta Segarra y Merri Torras en la conferencia Deseo i subversión © CCCB, Miquel Taverna, 2017

AP: ¿Y no es posible que haya tópicos, como el que nos presenta a la mujer como «aquella que acoge (al hombre, a los niños, etc.)», que arraiguen en la biología?

MS: Pues depende de dónde pongas el acento. La mujer también podría ser «aquella que expulsa». De hecho, Marguerite Duras tiene toda una teoría sobre el parto (la primera expulsión) como movimiento primigenio. Tú ahora piensa cómo afectaría a la estructura social si, en lugar de haberse impuesto el relato de «el cuerpo que acoge», se hubiera impuesto el relato de «el cuerpo que expulsa».

AP: ¿Qué espacio ha tenido la mujer para descubrir su deseo?

MS: Durante siglos el discurso dominante ha dicho que el hombre era el que deseaba y la mujer era el objeto del deseo. El psicoanálisis freudiano reforzó esta imagen. El único papel que podían hacer las mujeres era pasivo. A principios del siglo XX, en Europa, algunas mujeres —aún pocas— demostraron con sus vidas las posibilidades de ir más allá, de vivir su deseo según parámetros propios. Pero empezamos a descubrirnos con los movimientos feministas de los años setenta. «Nuestro cuerpo es nuestro» es una reivindicación que hay que entender en este sentido, como posibilidad para alejarse de los estereotipos sobre la feminidad, con la intención de descubrir nuestro propio deseo.

AP: A diferencia del amor, que se ha visto como un medio de trascendencia, el deseo suele presentarse como desazón y ansias de posesión.

MS: Sí, y no es tan simple. A veces sí que el deseo se traduce en un deseo de posesión, pero a veces, al ponernos en crisis como sujetos, nos trastoca profundamente y nos «deshace». Queremos poseer el otro y acabamos despojándonos a nosotros mismos. En este sentido, los efectos del deseo son interesantes porque ponen en crisis la autonomía y la autosuficiencia del sujeto, problematizan sus límites.

AP: Hay un deseo ético.

MS: Es una forma de decirlo. Por ejemplo, Judith Butler, en Deshacer el género, nos presenta la sexualidad como una de las vías, de las esferas humanas, en las que es más fácil «deshacerse», romper los límites que nos aíslan como individuos. Nos abre al otro, a la diferencia con el otro —diferencia en un sentido amplio.

AP: Y la sexualización de todo ello, la presencia constante de estímulos, ¿cómo afecta al deseo?

MSLa hipersexualización es una forma de canalizar el deseo en unos parámetros muy concretos. Es cierto que salimos de siglos de represión, que la sociedad europea ha sido muy puritana en los siglos pasados. Pero la «sexualización» actual no significa necesariamente que se abran las posibilidades del deseo. El discurso feminista de los años setenta sobre la liberación ha sido reabsorbido por el poder y por la lógica capitalista, con la intención de potenciar el consumo. La liberación per se no es subversiva. El deseo per se no es subversivo. De hecho, es posible, también, como estamos viendo en muchos casos, que la «liberación» y el deseo no pongan en crisis las estructuras sociales de poder, sino que las refuercen.

Marta Segarra participa en diversos debates y programas del CCCB que tatran sobre el papel de la mujer en la sociedad actual. Podéis consultar todos los contenidos relacionados con la autora en la web del CCCB.

Todorov, un cómplice del CCCB

15 de febrero de 2017 No Comments

John Berger, Zygmunt Bauman, Tzvetan Todorov. Este invierno de 2017 nos han dejado autores de referencia que han contribuido de forma esencial a la cultura y al pensamiento crítico. Con ellos desaparece una generación fundamental de la historia europea, un grupo de pensadores que aún tenía memoria directa o indirecta de los horrores del continente. A todos ellos les unía la denuncia del pensamiento totalitario, la obstinación por comprender la complejidad humana y la defensa obstinada de la democracia y la diversidad. La semana pasada recibimos la triste noticia de la muerte del historiador y ensayista búlgaro Tzvetan Todorov a los 77 años. Afable, de formas suaves y de habla pausada, Todorov fue un pensador en mayúsculas, alejado de las fronteras disciplinarias y que invitaba a reflexionar sin dogmatismos. Todorov acompañó la trayectoria del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, donde ejerció una notable influencia, en una relación que se fue tejiendo a lo largo de los años, y donde pronunció tres conferencias disponibles en la colección Breus y que todavía hoy son totalmente vigentes.

Tzvetan Todorov al Debat de Barcelona Virtuts CCCB (c) Miquel Taverna, 2012

Tzvetan Todorov en el Debat de Barcelona Virtuts CCCB (c) Miquel Taverna, 2012

En la primera conferencia, en 2004, hablaba de las fronteras de Europa, un tema de absoluta actualidad que también tratamos en el Debate de Barcelona de este año. Ya entonces Todorov exigía que la Unión Europea no se limitara a ser una entidad económica y administrativa, sino que le pedía un “complemento de alma” para llegar a ser también una Europa cultural. Consciente de que el continente no tiene un sustrato cultural único y de que su identidad es la diversidad, Todorov defendía un proyecto europeo basado en unos principios políticos comunes y en el espíritu crítico como mecanismo para no dejar nunca de cuestionarse.

En su intervención en el festival Kosmopolis del año 2008 habló de terrorismo y denunció la progresiva legalización de la tortura como instrumento político. En pleno debate sobre los efectos de la invasión norteamericana de Irak, Todorov recordaba que la tortura es una práctica que existe desde la antigüedad pero que ahora, por primera vez, ya no se presentaba como una infracción, lamentable pero excusable, a la norma sino que se estaba convirtiendo en la propia norma. “Un Estado que legaliza la tortura ya no es una democracia”, afirmaba con contundencia.

En 2009 mantuvo un debate con los escritores Juan Goytisolo y Monika Zgustova con motivo del vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín. “La caída del Muro de Berlín parecía anunciar la de los otros muros que subsistían aquí y allá. Veinte años más tarde, podemos constatar que esta esperanza no ha sido coronada por el éxito. Lejos de desaparecer de la superficie de la Tierra, los muros se han ido multiplicando. ¿Cómo se explica?”, planteaba Todorov en un texto que reprodujimos en el libro Breus CCCB Muros caídos, muros erigidos. Pensador de la alteridad, Todorov denunciaba el “miedo a los bárbaros” como justificación de la proliferación de fronteras y recordaba que “el extranjero no es únicamente nuestro semejante, es nosotros mismos ayer o mañana, a merced de un destino incierto: todos somos un extranjero en potencia”.

La última conferencia de Tzvetan Todorov en el CCCB, impartida en un momento en que la crisis económica hacía estragos entre la población, trataba sobre la virtud de la moderación. Ferviente defensor del pluralismo, Todorov alertaba del frágil equilibrio que sustenta a las sociedades democráticas y del riesgo de los abusos de poder. Ante ello, Todorov hizo un firme elogio de la moderación como principio político y social y una crítica de la simplicidad del pensamiento monolítico. Afirmaba que “la libertad individual es una exigencia fundamental de la democracia, pero la libertad absoluta no es un objetivo deseable” o “garantizar el bienestar material de la población es un resultado deseable, pero si se persigue este objetivo con la exclusión de los otros, acabaremos viviendo en un mundo destinado al culto del dinero. La prosperidad de un país es un medio, no un objetivo”. En una entrevista que nos concedió, alertaba: “Necesitamos recordarnos a nosotros mismos la importancia de los valores fundamentales, como la moderación, porque si los olvidamos, nos convertimos en víctimas de mecanismos que solo privilegian a los más poderosos”.

El último documento que conservamos de Tzvetan Todorov es, sin duda, uno de los más emotivos y que mejor describe su amabilidad. En marzo de 2011 inauguramos el Teatro CCCB y pedimos la opinión sobre el Centre a algunas personas vinculadas a la institución. Todorov accedió a hablar sobre el CCCB en una entrevista que se grabó en su casa de París, en invierno de 2011. Unas palabras y un recuerdo que nunca olvidaremos.

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