Imagínese que va en un avión comfortablemente sentado. Mira por la ventana y casi nota la suavidad de las nubes. A su alrededor, los otros pasajeros duermen, juegan a los videojuegos o leen un libro. Usted está pensando que, cuando el avión aterrice, conectará su iPhone y llamará a su familia. Suena la sueva voz de una azafata por megafonía. Atiende y… de repente, descubre que su mensaje se ha grabado hace mucho. Asustado, escucha que el piloto automático lo dejará sano y salvo en un aeropuerto que solamente está proyectado en los planos y todavía no es operativo. Aterrador, ¿no?

Despierte de su pesadilla. Quien explica este ejemplo es una de las voces más eminentes que hay en la actualidd, la del sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman. A sus 87 años, nos alerta de los profundos cambios que están experimentando nuestras sociedades. Dice que vivimos en “una modernidad líquida” y que cada uno de los principales miedos contemporáneos es perder el control. Lo peor es ser conscientes de que nadie tiene el control de lo que nos pasa diariamente. Y, en el caso de tener una pista, sabemos que no podemos hacer nada por cambiar el rumbo de los acontecimientos. Ya se trate de un tsunami, un atentado terrorista, un huracán como el Katrina, un terremoto, una crisis energética u otro miedo más pequeño pero con un origen global, como que te despidan de la fábrica donde has trabajado durante 20 años, que estalle una revuelta social o te roben el coche.

“Nos movemos en arenas movedizas y cuando intentamos salir de ellas todavía nos hundimos más”, puntualiza el pensador polaco, en un tono no muy esperanzador.

#Citizenspower?

Los ciudadanos llevamos casi dos décadas flotando en la “masa líquida” de Internet. Las herramientas diseñadas hasta la fecha (abiertas y cerradas) nos han permitido nuevas formas de informarnos y expresarnos: desde las primeras webs en un rudimentario HTML, a los primeros medios digitales, pasando por los blogs, los wikis y las actuales redes sociales.

Sin embargo, ahora que tenemos herramientas muy potentes –con más capacidad de almacenamiento y un mayor volumen de usuarios conectados simultáneamente—nuestras interacciones son más superfluas y efímeras. ¿Qué tipo de conocimiento transmitimos a diario? Anunciamos a nuestros amigos que estamos tomando un café, publicamos la foto del fin de semana o enviamos al universo un tuit con nuestra opinión resumida en 140 caracteres. Para hacernos una idea del volumen de estas superficialidades, cada día se escriben 500 millones de tuits y los mil millones de usuarios de Facebook generan 2.500 millones de contenidos nuevos cada 24 horas (fotografías, vídeos, recomendaciones y actualizaciones de estado).

Habrá quien diga que no todo lo que se envía a las redes sociales es banal. Cierto, éstas también han servido para proclamar revueltas como la “Primavera árabe”. Pero antes de que el periodista norteamericano Andy Carvin nos la explicara a través de Twitter y que tuvieran eco en Facebook, el blog Guerreros del teclado (2007) de la periodista Lali Sandiumenge (por citar un ejemplo cercano) ya recogía las palabras de algunos de los activistas que provocaron la caída de Gadafi, Ben Ali o Mubarak.

#Netdemocracy

Hace años que Internet se ha demostrado como el nuevo espacio de interacción de la humanidad. Pero como dice el ensayista tecnológico Howard Rheingold (creador del término “comunidad virtual”), nuestro futuro depende de cómo usamos la tecnología que se ha infiltrado en nuestras vidas y que ha amplificado, distraído, enriquecido y complicado cada instante de nuestro día a día.

En su nuevo libro, Net Smart, Rheingold proclama que hacemos un uso inteligente de Internet. Y escribe: “He decidido no centrarme en cómo Google nos hace estúpidos, cómo Facebook acomoda nuestra privacidad o cómo Twitter trocea nuestra atención”.

Internet, y toda su acelerada evolución, nos lleva hacia unos cambios irreversibles que hacen tambalear desde los viejos modelos de negocio hasta la manera de hacer política. ¿Quién controla el poder ahora? “Hace tiempo que la política y el poder se han separado”, continúa diciendo Bauman: “Mientras la primera se ha estancado en estructuras locales, donde ya no queda nada por controlar, el poder –entendido como los capitales, los mercados, el comercio, la información o la criminalidad—ha emigrado hacia un nivel superior, al ciberespacio, el espacio público y global de los flujos que está construyendo la modernidad líquida en la que vivimos”.

Así pues, es el momento de reinventar el sentido de las democracias actuales y el modo en el que las personas ejercemos nuestro papel de ciudadanos. De repensar qué provecho podemos sacar de nuestras interacciones en Internet para mejorar el mundo global que habitamos. Como propone Rheingold, es el momento de “desarrollar nuevas habilidades que nos ayuden a mantener la atención, participar, colaborar, consumir información con un espíritu crítico y crear redes inteligentes para adquirir y conservar el conocimiento humano”.

A menos que… queramos vivir permanentemente en una pesadilla y descubrir un día que el mundo está pilotado por manos incontrolables.

El CCCB ha abierto un ciclo de conferencias, titulado Ciudadanía, Internet, Democracia (del 12 de noviembre al 4 de diciembre) para debatir y reflexionar acerca de estas cuestiones con reconocidos expertos del ámbito tecnológico. En las distintas sesiones se hablará del desencanto de la política y su revitalización a través de nuevos medios digitales, se hará una crítica del uso que hacemos de las actuales redes sociales y se dará una vuelta a movimientos ciudadanos que persiguen cambios globales, como Occupy.

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