“Cualquier texto es una rendija”, leemos en Viriditas (Mantis Editores / UANL, 2011), un libro de ¿poemas? de Cristina Rivera Garza. El diario, el blog, la fotografía y la poesía se entrecruzan en este artefacto junto con la explícita intertextualidad. Porque a pie de página se indica la procedencia de algunas ¿frases?, ¿versos?, ¿aforismos? que se intercalan en la textura del poema en prosa: Rainer Maria Rilke, Ramón López Velarde, Juan Rulfo, Pere Gimferrer, @viajerovertical, @frank_lozanodr, @isaimoreno, etcétera. Rivera Garza es consciente de que al revelar sus fuentes, al situar a autores canónicos junto a nicknames, está provocando. Y no me refiero al sentido más obvio y menos interesante del verbo “provocar”, sino al de causa-efecto. Nos obliga a pensar qué son los tuits y qué hacemos con ellos.

En una columna reciente publicada en la revista Quimera, Germán Sierra nos enseñaba a citarlos en artículos académicos, porque mucho antes de que la RAE se ponga de acuerdo sobre si he escrito bien la palabra, la Academia Global ha decidido incorporarlos al sistema de citas, como parte de la circulación del conocimiento. De modo que ya tenemos, al menos, dos de las formas en que Twitter ha cambiado, aunque sea mínimamente, nuestros modos de escritura y de lectura. Por un lado, mediante la condensación, el ingenio conceptista, el trabajo en la metáfora, es decir, la expansión de la poesía y del aforismo tal y como los conocíamos. Por el otro, mediante nuevas formas de opinión, fórmulas que recuerdan a las matemáticas, citas de textos ajenos, declaraciones oficiales o no, es decir, la reformulación de ciertas tipologías del periodismo, la comunicación o la ciencia. Como cualquier otro fragmento de lenguaje, esas dos formas de tuit se pueden incorporar a textos mayores, mediante el intertexto o mediante la cita. Quizá sea más interesante la procedencia que el fin, la causa que el efecto. Se trata de canales de comunicación en que los escritores y los científicos transmiten, sin discriminación por lo general, tanto lo que tradicionalmente se ha considerado como literatura como lo que podríamos llamar escrituras, que serían todo tipo de actos de habla, sobre todo informales, pero también a medio camino entre la enunciación literaria y la conversación con amigos, entre la declaración oficial y la comunicación de una noticia íntima, entre lo público y lo privado, en un contexto en que todo parece popular, por su condición de compartido, más allá de la posible tradición cultural concreta en que pueda inscribirse el comentario, el estado, el tuit.

Tanto en lo que hace Rivera Garza como en lo que dice Sierra hay una clara recreación. En el primer caso, estricta: creativa. En el segundo caso, figurada: se formaliza, se oficializa, se analiza, se le da una nueva vida, académica, informativa, a un mensaje que seguramente no nació con esa intención comunicativa. Tanto el microblogging como las redes sociales son sistemas de comunicación, en forma de red o de árbol, donde la recreación es constante. Compartir es recrear. Versionar es recrear. Yo diría que por encima de la voluntad de informar, de promocionar, de difundir, la energía más importante que recorre Facebook o Twitter es la recreativa, en el sentido más amplio de la palabra, que va desde la re-creación artística (la apropiación, el desvío, el remake) hasta la mera diversión, que nunca es “mera”, que a menudo tiene una interesante dimensión crítica, política o incluso psicoanalítica. Por no hablar de la importancia que, en todo proceso creativo, individual o colectivo, tiene el juego, la probatura, el ocio como supuesta pérdida de tiempo, el laboratorio. Si los filósofos y los artistas griegos no hubieran dispuesto de esclavos y hubieran tenido que trabajar, junto con los pilares de la cultura occidental también nos hubiéramos perdido un sinfín de poemas escatológicos, artesanía lúdica, diatribas, grafitis, obras menores que son el caldo de cultivo de las obras mayores.

No hay más que fijarse en la actividad de las últimas semanas, a propósito de sucesos como las derrotas del Barça y del Madrid en semifinales de la Champions, la concesión del Premio Cervantes a Nicanor Parra o, sobre todo, los accidentes de la Familia Real, para observar cómo funciona esa red de cerebros que interactúan por momentos como si fueran un solo Cerebro (porque también en cada mente particular hay contradicciones, disensiones, discrepancias, distancias). Pocas veces en la historia de la sección española (si es que eso existe) de Facebook ha existido tal quorum sobre de qué había que hablar en ese espacio semipúblico que es la red social, cuando el hijo de la infanta Elena se disparó en el pie en por accidente y cuando su abuelo se lesionó la cadera mientras cazaba elefantes en África. Mientras que las reacciones de la prensa fueron comedidas, las populares fueron de una clara indignación. Las de Facebook se podrían clasificar en dos grandes grupos. Por un lado, las que se solidarizaron con los elefantes, y llenaron la red de fotografías, fotogramas y dibujos de paquidermos en su condición de víctimas, reales o simbólicas, (en muchos casos hubo alusiones a personajes de ficción como Dumbo, como si los disparos del Rey estuvieran dirigidos contra los mitos de nuestra infancia, que en el caso de las personas de mi generación incluirían el de la Transición). Por el otro lado, las de carácter claramente político. Dos son particularmente llamativas: la de pedir que Juan Carlos I dimita como presidente de WWF, una asociación que vela por la preservación de especies animales; y la de exigir que la Familia Real deponga inmediatamente las armas.

Por supuesto, es lícito creer que ese juego, esas bromas, esos chistes, esos ejercicios de ironía o de sarcasmo, de carácter verbal o visual, basados en meros links o en cabriolas de lenguaje, o construidos gracias a herramientas de fotomontaje, collage o retoque que brindan los ordenadores, son inocuos. Se argüirá, con razón, que pese a que en las redes sociales el movimiento 15M parecía hace un año una auténtica revolución, en las urnas ganó el Partido Popular. Se dirá, con razón, que en realidad aunque el 30% de la población española forma parte de Facebook, es mucho menor el número de usuarios activos, que -de hecho- mi Facebook, lo que yo he percibido a través de mi Facebook, no es más que una muestra posible, minúscula, de un panorama mucho más amplio. Sin embargo, me parece que estamos ante procesos colectivos de una gran complejidad que pueden ser intuidos mediante el acceso de cada usuario a una de las muchísimas parcelas que lo componen.

Más de dos siglos después, sabemos que La Enciclopedia es el emblema de las transformación del paradigma que llevó a cabo la Revolución Francesa, y leemos como revolucionaria la existencia de un diccionario en que la palabra “beso” estaba antes que la palabra “Dios”. Muchas décadas después de los primeros diccionarios de la lengua y de la lucha por la traducción filológica de los clásicos religiosos, el conocimiento intelectual del mundo se organizaba alfabéticamente y comenzaban las revoluciones liberales. No sabemos si lo que ocurre ahora se podrá algún día comparar con todo aquello. Pero son piezas de una misma cadena que, en la tradición europea, nos remite a aquellos griegos recreacionales y su a capacidad de convertir el ocio en pensamiento transformador.

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